Juegos de los gauchos (y V): el visteo

Lucha contra el Dengue
Lucha contra el Dengue

Pronto a la pelea -pasión del cuchillo
que ilustra las manos por él mutiladas-
su pieza, amenaza de algún conventillo,
es una academia de ágiles visteadas.

 

 

Evaristo Carriego

Guardo en mi memoria de juventud de la época de estudiante secundario, de la lectura de libros o de las películas del lejano oeste (far west) norteamericano, el recuerdo de aquellas épicas batallas entre dos vaqueros a puño limpio, revolcándose en el polvo mientras eran jaleados por la multitud de mirones; un cabezazo en el pecho del contrario, un rodillazo en los testículos como réplica, el puñetazo en el estómago que hace doblar a éste y simultáneamente es enderezado por un contundente “upper-cut” que le hace trastabillar hacia la línea de mirones desde donde es empujado nuevamente al ruedo para continuar minutos y más minutos a tortazo limpio, patadas, cabezazos y lo que se preste hasta que uno de los dos cae rendido por el esfuerzo y vapuleado por el rival, que recoge su sombrero y lo sacude del polvo para alejarse entre exclamaciones de aprobación,  mientras desata  el caballo del palenque y desaparece poco a poco dejando por detrás una nube de polvo.

Facones
Facones de distintos tamaños, con sus empuñaduras, de cuero o metálicas.

Es el triunfo de la fuerza bruta de esa estirpe de colonizadores de raza pura que hacían prevalecer la razón contundente de los puños para destruir al rival y demostrarle su superioridad, mientras el vencido que había tratado por todos los medios no pertenecer a ésta categoría, sobrellevaba el escarnio de la derrota, las burlas, las huellas en el rostro de la batalla perdida cuyo detonante pudo haber sido una nimiedad, pero ¿qué importa eso?, lo importante es el resultado y la vergüenza y oprobio que eso significa. La finalidad última de ese conciliábulo de puños, demostrar la preeminencia basada en la fuerza y contundencia de los golpes, se había logrado.

Traslado mi imagen eidética a otras latitudes, en el hemisferio sur y concretamente en esa dilatada planicie que constituye la llanura pampeana. Ya no hay películas ni libros sino la mirada directa de los sucesos y sus protagonistas. Hay aquí una raza nueva, el gaucho, que es el producto del mestizaje entre el conquistador y colonizador español con el indio; unas veces voluntariamente, otras veces el fruto de esa simbiosis se producía en la medida que los indios tomaban cautivas blancas en sus malones, o los “huincas” tomaban prisioneras indias en sus excursiones a las tolderías. En uno y otro caso las mujeres terminaban amancebadas con sus captores, y de esa mezcla de razas en la difusa línea que separa la civilización de la barbarie nace el gaucho, que aglutina en sus genes el valor y espíritu de sacrificio de los conquistadores españoles, y la bravura y sobre todo la astucia del indio pampeano.

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Y ya lo estoy viendo a ese gaucho al que le pisan las tabas o le mojan la oreja (dicho esto sin eufemismo) prepararse en esa actitud marcial del “visteo”, en la cual no tiene importancia la fuerza pues el entrevero fruto del desafío se dilucidará con astucia, con elegancia, con la “vista” y la rapidez de movimientos que conlleva.

Se ubican los gauchos con la pierna derecha extendida hacia adelante, uno frente a otro pero como perfilándose, el antebrazo derecho avanzado hacia el frente y el brazo hacia arriba con la mano abierta y también tangencialmente respecto al adversario; la mano izquierda por detrás, tocando la cintura con el dorso, la palma abierta.

duelo
Criollos visteando.

Comienza el “visteo” durante el cual, sin cambiar la postura, los gauchos se van desplazando levemente como en un baile, las alpargatas mas bien arrastrándose y levantando polvillo, avanzando uno mientras el otro retrocede, y viceversa. Pero siempre observándose fijamente mientras con el movimiento sinuoso y constante de su mano derecha trata de tocar la cara del rival.

Aquí no hay golpes, no hay brutalidad, hay si se quiere un baile hecho de vanidad, de orgullo, de ligereza en los pies y la cintura, y la mano que busca el contacto con el rostro del contrario;  sólo el contacto, no hay golpe, no hay violencia ni demostración de fuerza sino de destreza, bailarines deslizándose sobre la arena pródigos en figuras de ballet (hay tangófilos que aceptan esas figuras del visteo, que se dan también en los cuchilleros, como antecedentes o precursores de las figuras en el baile del tango) hasta que uno consigue tocar al otro. Y ahí termina todo, en el reconocimiento por parte del vencido de la supremacía del rival, aunque posiblemente se sienta más abatido anímicamente que aquel cow-boy que recibió la paliza y tiene todo el cuerpo magullado. Porque esas filigranas, esa elegancia  en su “ser”, forma parte también de su sensibilidad.

Pero también hay otras actitudes diferenciadoras entre uno y otro especímen americano. El del norte siempre llevará su revólver a la cintura, el mítico “Colt” con tambor de 6 balas, y cuando la situación se hace más difícil de resolver con los puños, ahí sale a relucir la desmesura que significa apretar el gatillo antes que el otro para matar (o morir si se es más lento), y si la puntería no es tan buena armar un tiroteo que puede prolongarse más o menos según las características del duelo, y que generalmente acaba con la muerte de uno de los rivales. El revólver y el rifle formó parte desde sus inicios de la idiosincracia de los cow-boys y esa demanda originó el gran desarrollo de la industria armamentística de los norteamericanos desde sus inicios como nación.

El del sur no lleva revólver porque el gaucho considera que no es de hombres matar a la distancia, sin lucha; lleva el facón a la cintura, generalmente por detrás en su vaina sujeta por el cinturón o la rastra. Forma parte de su indumentaria y constituye una herramienta útil en su modo de vida. Con él podía degollar y carnear una res (el vaquero la mata a balazo limpio sin siquiera duelo criollodesmontar del caballo), cazar, afilar una estaca para hacer un corral de palo a pique, trocear su alimento, lonjear el cuero que utilizará luego para confeccionar aperos.

Y en circunstancias extremas, cuando está en juego el honor, la hombría, o hay que responder a algún agravio, el gaucho se tantea el cinto en busca de su puñal mientras en su otra mano enrolla el poncho con el que detiene las embestidas del rival, mientras con su cuchillo traza en el aire figuras muy similares a la acción de “vistear” (pues en realidad hay que considerar el “visteo” como una especie de entrenamiento para el lance del cuchillo), avanzando o retrocediendo sin apartar la vista del rival, desplazándose sin levantar sus pies del suelo, tratando de entrar con un puntazo o lanzando un hachazo ocasional, pero siempre con la elegancia de ese baile que puede ser el baile de la muerte; aunque generalmente la contienda es detenida a primera sangre y el perdedor, además de la deshonra por la derrota, llevará para siempre en su rostro la marca del agravio.

Posteriormente al gaucho y en los suburbios de las grandes ciudades, principalmente en Buenos Aires, tiene lugar el nacimiento de otra figura arquetípica, fusión de gauchos, mestizos e inmigrantes europeos que constituirían el “compadrito”, y el “malevo” o matón de barrio, también aficionado al cuchillo. Pero esa ya es otra historia.

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Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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