Tangueando

EL TANGO EN LA ÉPOCA DE ROSAS

Debo agradecer al Dr. Norberto Chiviló, creador y editor de la Revista “EL RESTAURADOR”, que me envió una separata de las páginas 1 y 2 del periódico “El Gran Americano”. Se titula “El tango en la época de Rosas”, correspondiendo la autoría del mismo al Dr. Alberto González Arzac. A continuación transcribiré una parte del artículo.

“Cuando Fermín Chávez escribió la obra sobre “La Cultura en la época de Rosas”, hasta entonces las manifestaciones artísticas habían estado identificadas con el arte español preferentemente, pero fue recién en el período de Rosas que el mismo se libera y toma sentido nacional.

Con respecto a la música, el mismo autor se informó en estudios y trabajos de investigación realizados por el maestro Josué T. Wilkes, el musicólogo Vicente Jesualdo, Juan Pedro Franze, Raúl H. Castagnino, el historiador Guillermo Gallardo y otros autores que le proporcionaron lo necesario para trazar un panorama de la intensa actividad musical desarrollada en la época de Rosas.

Muchas composiciones tenían carácter popular, como los minuet, valses y vidalitas de José T. Arizaga: a él le debemos la música de la primera vidalita que se haya escrito en el país, la que aparece incluida con otras piezas del compositor en el Cancionero Argentino de 1837. (…)

¿Qué ocurría en aquellos tiempos con el tango?

 Óleo Martín Boneo; representa la asistencia de Juan M. de Rosas, su esposa y su hija, a un “tango”

Tangos o Tambos

Si bien los orígenes del tango no han podido establecerse con certeza, dudas no caben de que se remontan muy atrás en nuestra historia, aunque su mayor difusión comenzó recién a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Es sabido que tanto Buenos Aires como Montevideo tuvieron ‘casas de tango’ a principios del siglo XIX e incluso en 1806 llegó a establecerse por Bando: ‘Se prohíben dentro de la ciudad los bailes conocidos por el nombre de tangos’.

Oscar Natale escribió ‘Buenos, negros y Tangos’ (1984) excelente obra donde estudió los orígenes de la voz ‘tango’, reconociendo que la palabra ‘tango es anterior al propio baile’ y la vinculó a la palabra ‘tambo’, diciendo que ella es en América anterior al Tango, pues se trata de una voz quechua –tánpu- que significa campamento y que aparece castellanizada como tambo en la colonial Política Indiana de Juan Solórzano (que fue Oidor de la Audiencia de Lima entre 1609 y 1627).

En idéntico sentido la ‘Gran Enciclopedia Argentina’ de Diego Abad de Santillán dijo que ‘tambo’ es expresión castellanizada de la voz quechua que designa las construcciones que a distancias regulares flanqueaban las carreteras de los Incas que servían de aposento y escala de aprovisionamiento en los viajes del Inca y en los movimientos de tropas a través del Imperio (Incaico).

En su libro ya indicado, Natale transcribió un informe del Síndico Procurador General del Cabildo de Buenos Aires que en 1788 ya cuestionaba los permisos que en esta ciudad permitían juntarse ‘a hacer sus tambos y bailes en los extramuros de ella en contravención con las leyes divinas y humanas’. Y otro de 1791 donde el Síndico Manuel Warnes decía que en el barrio de la Concepción había notado ‘tambo y bailes indecentes’.

Las voces ‘tambo’ y ‘tango’ en la vieja Buenos Aires fueron sinónimo de ‘lugar de baile’ popular, existiendo indicios del uso que fue dándose a esa palabra. La alta sociedad bailaba en las tertulias de sus casonas familiares, en cuyos salones había piano para musicar valses y minuets.

En su ‘Manual de Historia Argentina’ Vicente Fidel López (1815-1903) –crítico implacable del gobierno rosista- dijo: ‘desde que subió al gobierno Rosas se hizo asistente a los tambos’ y recordó que el 25 de Mayo de 1836 ‘Rosas convocó a todos los tambos, sin quedar uno, y les entregó la Plaza de la Victoria para que celebraran allí cánticos salvajes con tamboriles, platillos, gritería, en la que se reunieron unos seis mil individuos’. En esos tangonfastos se cantaba: Viva la Unión Federal / y la Confederación / a la que ha dado blasón / la Liga del Litoral.

A su vez los soldados que habían vuelto de la Campaña del Sur comandada por Rosas en 1833 trajeron de la Patagonia el término aborigen tangon, que significa ‘quebrar’ aplicable entonces a ciertas figuras de baile de la milonga y el candombe, cuando los bailarines hacen un ademán con el cuerpo hamacándose en la cintura. Esa figura de quiebre sería también habitual en el baile de la habanera, danza cubana que luego se introdujo en Buenos Aires.

Al tiempo de escribir este artículo encuentro borradores de mi extinta esposa Marisa Uthurralt, quien comprobó que ya en 1825, cuando Juan Manuel de Rosas escribió su ‘Diccionario de la lengua pampa’ había mencionado ‘thagon’ (quebrar/quebrarse) que los mapuches vocalizaban ‘tangon’.

Gramática y Diccionario de la Lengua Pampa    

Esteban Erize en su ‘Diccionario comentado mapuche-español’ (1960) incluyó con el significado ‘quebrar’ el vocablo ‘tangon’, citando entre los antecedentes de su obra la escrita por Rosas (…) No obstante señaló defectos en la obra de Rosas, particularmente en la forma de escritura que a veces difiere con la fonética aborigen pese a lo cual consideró al trabajo de Rosas como único exponente de la lingüística pampeana del siglo XIX, lo que lo valoriza a los ojos del investigador.

José María Ramos Mejía (1849-1914) en ‘Rosas y su Tiempo’ (1907) hizo referencia al tango hablando con criterio elitista de un ‘tango infernal… que se iniciara con una Viva el Restaurador, Viva la Federación’; ‘todo el placer se encuentra en el desborde de actitudes, de gritos y convulsiones, de bailes y contracturas’: ¿Qué decía aquél tango infernal? / Cantemos a Rosas su brillante gloria / y su nombre inmortal grabe la historia.

José Antonio Wilde en ‘Buenos Aires desde setenta años atrás’ dijo que en el tiempo de Don Juan Manuel, su hija Manuela (…) concurría a esos candombes por invitación especial de sus directores.

Un cuadro del pintor Martín Boneo (1829-1915) titulado ‘El candombe en 1838’, presenta al gobernador Juan M. de Rosas, su esposa Encarnación Ezcurra y su hija Manuelita en un ‘tango’ o ‘tambo’ presidiendo bailes populares.

El voto era universal y la popularidad de Rosas le permitía triunfar en las elecciones, al punto de obtener 9320 votos en el plebiscito de 1835. Fue así como el nombre de Rosas estuvo presente en cifras, candombes   y milongas de aquella época, cuando la música del tango no existía aún como ahora la conocemos, pero la palabra ‘tango’ ya era usual y se vinculaba con las expresiones musicales, el canto y el baile con quebrada. En los ‘tangos’ o ‘tambos’ de Buenos Aire solían bailarse candombes que decían: ‘Que vivan los federales / y viva el Restaurador, / y viva doña Manuela. / ¡Viva la Federación! // El que sea de pajuera* / que me preste su atención: / aquí están los federales. / ¡Viva la Federación! // Hagan la última postura / que ya acaba la canción. / Viva Juan Manuel de Rosas. / ¡Viva la Federación!’ (…)

Rosas y su tiempo      

Segunda mitad del siglo XIX. (…) La política y el tango se mantuvieron muchos años vinculados (…) Vicente Gedualdo en su ‘Historia de la música argentina (1961) señaló que el diario porteño ‘La Tribuna’ del 2 de abril de 1868 publicó versos referidos al candidato presidencial mitrista Rufino Elizalde, con el título ‘Tango Elizalde’: ‘Disputándonos estamos / el mando con gran tesón; / ya veremos quien lo atrapa / si Sarmiento, Urquiza o yo. / Y aunque bramen despecho / y digan que soy el peor, / yo no pierdo la esperanza / de ganarles la elección. / Si los medios son legales / menos males surgirán; / si con fraude nos suplantan, / los que hoy cantan, llorarán’.

Puede observarse allí que la presencia del fraude era ya una realidad, tras el abandono del sufragio universal.** Política y pueblo se distanciaron y la música popular fue abandonando los escenarios del poder para refugiarse en el bajo fondo.

En 1903 el periodista José S. Álvarez (‘Fray mocho’) observó en las columnas de ‘Caras y Caretas’ que a su criterio en el siglo XX ya no sería el tango ‘un pendón de bandería como en tiempos de alsinistas y mitristas’, creyendo que sólo se convertiría en un ‘entrenamiento callejero de la muchachada ociosa’. Pensó que la Argentina elitista basada en el fraude se había impuesto sobre la Argentina popular.

Fray Mocho: «Memorias de un vigilante»

 Pero el vaticinio de Fray Mocho fue errado, porque extramuros seguirían componiéndose tangos con contenido político, como se hacía en los años finales del Siglo XIX, tiempo de populares payadores que en buen número adhirieron a Adolfo Alsina y más tarde a Leandro Alem (hijo de un rosista fusilado): ‘Alem es todo corazón; / él encarna el patriotismo, / y es esencia de civismo / de esta gloriosa Nación. / Es eminencia del Foro / y en el libro de la Historia / su nombre lleno de gloria / se escribe con letras de oro’.

Poco después el ‘rengo’ Domingo Santa Cruz (bandoneonista) compuso su tango instrumental ‘Unión Cívica’, nombre del agrupamiento político originado durante la reunión del Jardín Florida el 1º de septiembre de 1889, al que concurrió también Alem, pero más tarde quedó liderado por Mitre. Ese tango fue dedicado a Manuel Aparicio, un caudillejo de la Unión Cívica que sostuvo la candidatura presidencial de Mitre. Y Horacio Ferrer ha considerado que aquella pieza fue ‘capital en el proceso de adaptación temperamental y musical y en imposición pública del bandoneón como voz cantante del tango’.

Francisco García Jiménez comentó así el nacimiento de este tango: ‘Con su bandoneón cantante flanqueado por respondedoras guitarras, Domingo Santa Cruz ponía el acento cálido de su tango, que enarbolaba divisa partidaria, en algún amplio comité de extramuros, al borde casi de los atrios donde se dirimían comicios bravos’.

Tras la Revolución del Noventa en que Leandro Alem levantó la bandera del sufragio universal** (que recién sería consagrado en 1912), un estribillo tanguero decía: ‘¡Boinas blancas, radicales! / el pueblo quiere votar: / con Alem y contra el fraude / todos vamos a ganar…’

La figura de Alem seguiría por años en el cancionero porteño. Tiempo después de que falleciera, Homero Manzi escribió en una milonga: ‘Soy hombre de Leandro Alem’. La expresión popular del tango iría jalonando episodios históricos, usos, costumbres, personajes de la vida argentina.

El Centenario   

Durante los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo el pianista Alfredo Bevilacqua (1874.1942), en plena Avenida de Mayo, estrenó su tango ‘Independencia’ dirigiendo una banda musical; fue ovacionado por el público y felicitado por el Presidente de la Nación Dr. Figueroa Alcorta y por la Infanta Isabel, que en estos fastos representó a la Corona de España… ¡El tango accedió a la más alta dignidad! Y como en la época de Rosas, un gobernante volvía a mostrarse sensible a la música del pueblo. (…) Eran derechos del pueblo que no se reconocían desde la caída de Rosas, tras la batalla de Caseros en 1852”.

Independencia, por Alfredo Bevilacqua. En la versión de su autor que lo creó para piano, este tango tal vez resulte un poco monótono:

Hay una versión del Cuarteto del Centenario, dos versiones de Juan D’Arienzo una de las cuales mantiene los compases antiguos (es de 1938) mientras la otra, de 1953, tiene compases modernos, cuando las orquestas habían incorporado “arregladores”. Ésta versión es la de 1938:  

Aportaciones propias: obtenidas de mi ejemplar del libro “Gramática y Diccionario de la Lengua Pampa”, por Juan Manuel de Rosas. Editorial Albatros, Buenos Aires, 1947.

En la Segunda Parte en la página 86, figura “thagon” con el significado “quebrar” y “quebrarse”.

En la Quinta Parte en la página 268 “Thagon” o “Thavon” “quebrar” y “quebrarse.

*Pajuera:   ANECDOTAS DE TIEMPOS VIEJOS. Pajuerano (inédito)

(De cuando adentro deviene afuera).

En el siglo XVIII y principalmente en el siglo XIX solía ocurrir que cuando una persona “se desgraciaba” (había protagonizado una muerte) y debía escapar de la justicia; u otras veces por razones políticas que hacían peligrar su salud física y su bienestar;  el refugio que buscaban estas personas en esos casos, se encontraba en las tolderías de los indios. Principalmente en las tolderías rankülches cuyo epicentro era Leuvucó (en la actual provincia de La Pampa), que al decir de Lucio V. Mansilla tenían un sentido de la hospitalidad a la manera de los árabes.

Entonces se decía que “fulano había huido para tierra adentro” que es como se llamaba ese desconocido territorio de los indios.

Pasado el tiempo y derrotados éstos en las postrimerías del siglo XIX y albores del XX, la modernidad, la industrialización, el foco económico y cultural que representaba Buenos Aires hizo que muchos paisanos que se desplazaban en tren a la gran urbe, al llegar a la Estación Retiro y ser preguntados de donde venían, queriendo manifestar que venían “de afuera” decían en su lenguaje gauchesco que venían de “pa’ juera”. Entonces cuando un porteño lo mencionaba decía que esa persona era de “pa’ juera”, término que al evolucionar y para denominar al sujeto en cuestión se transformó en “pajuerano”. Dicho ya con un sentido peyorativo.

Es así como un mismo punto geográfico cuyo ejemplo expuesto es Leuvucó pero puede ser otro cualquiera de ese amplio territorio, en un caso significaba ‘adentro’ y en el otro ‘afuera’ según la época y el contexto que se tratara.

**Sufragio universal que se practicó en la época de Rosas. Tras su caída se impuso el fraude hasta que se impuso de nuevo el sufragio universal con la Ley 8.871 conocida con el nombre de Ley Sáenz Peña.  Ésta fue sancionada por el Congreso de la Nación Argentina el 10 de febrero de 1912, y estableció el voto secreto y obligatorio para todos los argentinos varones, mayores de 18 años de edad.

Los candombes, y después

Es posible que los candombes hayan desaparecido hacia 1870, reemplazados por la cultura de inmigración que dio origen a los conventillos, según el aporte de José M. Ramos Mejía en su libro “Rosas y su tiempo” mencionado en “Tangos y Tambos”. Por esta circunstancia podemos situar el nexo entre candombe y tango; “el eslabón perdido” si se me permite la expresión. En las páginas 24 y 25 del primer tomo decía Ramos Mejía:

Rosas y su tiempo

“Allá por el año de 1860 los candombes guardaban un discreto silencio pero conservaban, sin embargo, la oculta devoción íntima por el “grande hombre”, y su composición y sus ritos originales seguían inalterables su curso saturnal. El domingo, un rumor sordo solía levantarse en el silencio de la tarde; la negrada federal, ya que no por las calles de la ciudad como antes, hacía sus desfiles, bajo el parral y en la huerta del antiguo sitio, gesticulando su admiración por el amo viejo, ausente de cuerpo pero viviente dentro del espíritu fanatizado, que no lo olvidó jamás. El suburbio no perdió su carácter hasta 1870 o 72 en que la población de los centros comenzó a apoderarse de los sitios y solares llenos del fragante floripondio, del aromo y del retamo de los cercos, contra los cuales nadie había atentado todavía. El viejo jardín criollo luchaba valientemente contra la inmigración extranjera, cuando ésta empezó a desformarlo con el conventillo y a transformar los árboles amigos en leña y tirantillos económicos”.

Me parece un interesante complemento que merece incluirse a continuación, el siguiente artículo:

EL CARNAVAL DURANTE EL GOBIERNO DE ROSAS

La fiesta de carnaval principiaba cada día cerca del mediodía, con el estruendo del cañón, disparado desde el Fuerte y finalizaba con otro cañonazo disparado a la hora de la oración, aproximadamente a las 6 de la tarde.

Durante el primer gobierno del Restaurador (1829-1832) y en los primeros años del segundo (a partir de 1835), las costumbres de los habitantes de Buenos Aires, siguieron siendo las mismas, en cuanto a lo que al juego con agua se refiere, con todos los excesos imaginables.

En esta época, el Judas que se quemaba el Día del entierro, representaba a algún enemigo del Restaurador, generalmente a un unitario exiliado. El lugar principal donde se desarrollaba este acto, era la plaza de Monserrat, lugar al que llegaban las carretas cargadas de productos que provenían de las provincias.

La «ceremonia» era presenciada por los conductores de las carretas, la numerosa peonada que se encontraba siempre en el lugar, reseros, payadores, familias que vivían en las inmediaciones, gente de color que vivía en el barrio del Mondongo, soldados y donde no faltaban funcionarios y aún el mismísimo Restaurador luciendo muchas veces su poncho pampa, montados éstos en caballos que tenían adornos de plata y recados criollos y llevando en sus testeras de plumas rojas y cintas del mismo color también en la cola.

Cuenta Battolla, que en aquella época: «Los huevos de olor, pregonábalos los vendedores a los gritos de: ¡Huevitos de olor / Pá las niñas que tienen calor! ¡Huevitos de cera / Pá las niñas que tiene  pulsera!».

 El Decreto reglamentando la fiesta del carnaval

Pese a las exhortaciones a la prudencia, que se hacía a los habitantes de la ciudad, evidentemente los festejos y extralimitaciones fueron en aumento, por lo que el gobernador Rosas, por medio de un decreto del 8 de julio de 1836, -por lo demás, muy detallista y que demuestra la participación personal del gobernante en su redacción, intentó encauzar las aguas hacia una fiesta civilizada-, reglamentó la fiesta y juegos del carnaval. El decreto decía así:

«Artículo  1°: El juego de carnaval solo será permitido en los tres días que preceden al de Ceniza, principiando en cada día a las dos de la tarde, cuya hora se anunciará por tres cañonazos en la Fortaleza, y concluyendo al toque de la oración, tendrán lugar otros tres cañonazos.

«Artículo 2°: En las casas en que se juegue desde las azoteas o ventanas, deberá, mantenerse la puerta de calle cerrada durante las horas de diversión, y abrirse tan solamente en los momentos precisos para los casos de servicio necesario.

«Artículo 3°: El juego que se haga desde las azoteas, ventanas ó puertas de calle, solo podrá ser con agua sin ninguna otra mezcla, o con los huevos comunes de olor, y de ninguna manera con los de avestruz.

«Artículo 4°: Los que jueguen por las calles a caballo o a pié, o en rodado, solo podrán usar de los expresados huevos comunes de olor. Los mismos, como también los que jueguen desde las azoteas, ventanas o puertas para usar de cohetes y buscapiés,  deberán sacar permiso por escrito al Jefe de Policía bajo su firma.

«Artículo 5°: Nadie jugando por la calle, podrá asaltar ninguna casa ni forzar alguna de sus puertas o ventanas, ni pasar de sus umbrales para adentro, ni a pié ni a caballo, en continuación del juego.

«Artículo 6°: Tampoco se podrá jugar de casa a casa por los interiores de ella.

«Artículo 7°: Queda igualmente prohibido el uso de las máscaras, el vestirse en traje que no corresponda á su sexo, el presentarse en clase de farsante, pantomimo, o entremés, con el traje o insignias de eclesiástico, magistrado, militar, empleado público o persona anciana.

«Artículo 8°: Para las diversiones públicas que puedan tener lugar en la noche, de la oración para adelante, se sacará previamente el correspondiente permiso del Jefe de Policía por escrito bajo su firma.

«Artículo 9°: El que infringiese cualquiera de los artículos de este decreto, será castigado a juicio y discreción del Gobierno, como corresponda según las circunstancias del caso, y al mismo tiempo obligado a subsanar los daños y prejuicios particulares que hubiere causado por su infracción, en caso de ser reclamados».

En su mensaje anual a la Legislatura el Gobernador al dar cuenta del dictado del mencionado decreto, decía: «Una de las máximas que presiden la marcha del Gobierno, es, que ha sido instituido para hacer la felicidad presente, y abrir el camino de la futura. Partiendo de este principio ha reglado el juego del carnaval, y tiene la satisfacción de manifestar a los señores representantes, que las disposiciones tomadas para precaver los excesos, no sólo han dado más amplitud a la alegría, proporcionando que todas las clases puedan participar de la diversión, sino que en el último, tan lejos de que se haya experimentado el menor desorden de los acostumbrados, no hubo una sola queja. El mismo Gobernador mezclado con el pueblo, tomó parte en su contento».

La prohibición del carnaval

Evidentemente el ardor del porteño no cejó pese al decreto que ponía límites a los juegos del carnaval, y los atropellos seguían produciéndose cada año en aquellas fechas, por lo que el gobierno se vio en la necesidad de prohibirlos mediante el decreto del 22 de febrero de 1844, que decía:

«Las costumbres opuestas a la cultura social y al interés del Estado suelen pertenecer a todos los pueblos o épocas. A la Autoridad pública corresponde designarles prudentemente su término

Baile de negros. Pedro Figari

«Con perseverancia ha preparado el Gobierno, por medidas convenientes, estos resultados respecto de la dañosa costumbre del juego de Carnaval en los tres días previos al Miércoles de Ceniza; y Considerando:

“Que esta preparación indispensable ha sido eficaz por los progresos del país en ilustración y moralidad.

“Que semejante costumbre es inconveniente a las habitudes de un pueblo laborioso e ilustrado.

“Que el tesoro del Estado se grava y son perjudicados los trabajos públicos.

“Que la industria, las artes y elaboraciones en todos los respectos sufren por esta pérdida de tiempo en diversiones perjudiciales.

“Que redundan notables perjuicios a la agricultura y muy señaladamente a la siega de los trigos.

“Que se perjudican las fortunas particulares, y se deterioran y ensucian los edificios en las ciudades por el juego sobre las azoteas, puertas y ventanas.

“Que la higiene pública se opone a un pasatiempo de que suelen resultar enfermedades.

“Que las familias sienten otros males por el extravío indiscreto de sus hijos, dependientes o domésticos.

“Por todas estas consideraciones, el Gobierno ha acordado y decreta:

«Art. 1°: Queda abolido y prohibido para siempre el juego de Carnaval.

«Art. 2°: Los contraventores sufrirán la pena de tres años destinados a los trabajos públicos del Estado. Si fuesen empleados públicos, serán además privados de sus empleos».

Con esta resolución quedó sellada por largo lapso la suerte del carnaval ya que la fiesta fue restablecida 13 años después.

 Fuentes:                                                                                                                                                                            

Revista “El Restaurador” nº 38.                                                                                                  

«Archivo Americano y Espíritu de la prensa del mundo» N° 12, mayo 31 de 1844            

“Rosas y su tiempo”, José Mª Ramos Mejía, Tomo I, Ediciones Jackson, Bs. As., 2ª Edición

“Gramática y Diccionario de la Lengua Pampa”, por Juan Manuel de Rosas. Editorial Albatros, Buenos Aires, 1947.

por César J. Tamborini Duca

Anexo

Para los lectores a los que además del tango les gusta la historia, quiero rescatar un hecho que advertí en mi última visita a la “Torre del Oro” en Sevilla.

La misma se encuentra edificada en una de las orillas del río Guadalquivir. Construida en el año 1221, bajo la dominación almohade, por orden del gobernador Abú-I-Ulá, consta de 12 lados. Parece que pudiera haber existido una cadena que habría de ir sobre flotadores, encapillada en un bolardo en la margen opuesta, la de Triana; quedaba de esta manera cerrado el paso. La conquista de Sevilla por Fernando III “el Santo” fue debido a que el almirante Bonifaz, con naves y galeras cántabras, rompiese la cadena y con ella el puente de barcas. (Por concesión real, el escudo de armas de Santander luce la Torre del Oro y un navío con las velas desplegadas rompiendo unas cadenas).

Torre del Oro. Sevilla, río Guadalquivir

Traje a colación esta historia por la similitud con las cadenas que hiciera colocar Rosas sobre barcazas en el Río Paraná, para obstruir el paso de las naves inglesas y francesas en la “Vuelta de Obligado”. Es posible que al Restaurador llegara esta historia a través de sus lecturas.

About author
César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.
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