Relatos y crítica literaria

Monólogo matero de Vizcacha

El Viejo Vizcacha

El Viejo Vizcacha

Esto me lo contó en los pagos del Tuyú un gaucho que como tal se conocía toda la llanura pampeano-bonaerense y parte de su gente. Se llamaba Prudencio Laguna, pues sus padres quisieron homenajear con su nombre al patrón, don Prudencio Rosas, en cuya Estancia se desempeñaban cuando nació. El Viejo Vizcacha se llamaba Francisco Bramajo y había sido Mayordomo en la estancia “Las Víboras” que perteneciera al otro Rosas, don Juan Manuel, y sus primos los Anchorena; pero después de matar a su mujer se convirtió en un solitario ermitaño, habitando un rancho que por su abandono era más bien tapera.

“Llegué con la tropilla de paso para Chascomús; una de las yeguas rengueaba y al viejo lo habían ponderado como “sanador”. Salió a mi encuentro caminando como los loros, por su costumbre de estribar entre los dedos, que apoyaban en un nudo donde terminaba el ación, invitando a sentarme a la sombra de un paraíso, del que colgaba una jaula con un mirlo que emitía algunos sonidos y era la estampa del viejo: plumaje negro como su alma, y el pico amarillo como reflejo de su envidia; porque el viejo era mañero, envidioso, de carácter hosco y la suciedad y abandono que trasuntaba era el espejo donde se contemplaba su alma”.

“Se puso a tomar mate –me siguió contando Prudencio- pero no le acepté el convite por ciertas cosas repugnantes que hacía, seguramente con la intención que yo no lo aceptara; y mientras charlábamos hacía dibujos en el suelo apisonado de tierra, con un palito.

Entonces dijo Vizcacha  que “estando de paso en el Azul y habiendo fiesta, me acerqué  adonde se disputaría una

Vizcacha

Vizcacha

cuadrera. ¡Si viera los fletes que había!  El ‘tostao’ de Rosendo y el ’oscuro’ del vasco Aldasoro copaban la atención de la paisanada y las apuestas eran considerables. Yo me jugué todos los grullos al parejero de Rosendo y cuando llegué de regreso a “Las Víboras” le  asiguro   que en el  tirador no me cabían más patacones”.

“Yo la quería a mi china, ¡vaya si la quería! Pero cuando pasó el turco Salomón con su carromato vendiendo ropa y chucherías y me pidió dinero –sabiendo lo que yo había ganao  en  las cuadreras-  para un corte de género, me negué sólo para hacerla renegar, vea, porque ansí  enojada era cuando más linda se ponía”.

“Al día siguiente le pedí me cebara unos cimarrones mientras yo sobaba unos tientos. Asigún  creo lo hizo a propósito para vengarse por lo del turco: me dio un mate frío. ¡Pa’ qué mi amigo!, la crucé de un talerazo con tan mala suerte que cayó  golpiando   la cabeza con una piedra. Y áhi  nomás se me murió. Dejé todo, abandoné el mundo, y aquí me tiene sin ningún interés por lo que pasa en la vida”.

“Mientras el viejo seguía mateando sus cimarrones, reemprendí la marcha con la yegua todavía rengueando –aunque por pocos días- pero con unas ganas tremendas de llegar al próximo puesto o poblado para disfrutar unos mates. Eso sí, cebados con educación”.

César José Tamborini Duca

Premiado con  DIPLOMA MENCIÓN DE HONOR por la Dirección de Cultura de Venado Tuerto (provincia de Santa Fe, Argentina) en el Concurso Nacional de Narrativa “DÍA DE LA TRADICIÓN”

About author
César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.
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