Con permiso, soy el tango (I)

Con permiso, soy el tango
que vengo pisando fuerte
trataré de complacerte
con mis versos de alto rango.

Un hecho evidente que no necesita constatación, es que cada comunidad nacional tiene un “algo” que la identifica, en su música, en sus danzas, la gastronomía, vestimenta, etc. Y eso, obviamente, forma parte también de nuestra nacionalidad.
Porque al margen de algunos símbolos como son la bandera y el himno, hay otros que sin llegar a ser patrios como aquellos, identifican nuestra argentinidad allá donde vayamos.
Los argentinos afortunadamente tenemos muchos y nos damos cuenta de ello al emigrar, cuando en cualquier conversación surge la inevitable adulación de nuestras carnes y el “asado criollo”; o sobre esa infusión desconocida para casi todo el mundo que denominamos “mate”; o Maradona, que mal que nos pese se ha convertido en símbolo por lo que representó para el fútbol y porque Argentina también es fútbol; o el “gaucho”, ese emblema de libertad del que abominó Sarmiento porque sólo supo ver al matrero, al gaucho malo que era una excepción (lo otro, la “montonera”, era el seguimiento del caudillo, del líder, del jefe). Pero aparte de todos estos hay otro símbolo que es la esencia, es la fusión, es el conglomerado de razas que pisaron nuestro suelo y se mezclaron, y alguien batió la cocktelera y surgió el TANGO, en ese italiano que lloraba su ausencia de la lejana tierra y se identifica en tantas letras como aquella que rememora su rubio amor lejano; en esos “gallegos” que nos legaron incontables cafés para ser inmortalizados en la música del 2 x 4; en esos “rusos” que podían ser polacos, o checos, o yugoslavos pero que nosotros metimos en un mismo saco rusófilo para decirles “no cantes, hermano, no cantes, que Moscú está cubierto de nieve,…”. ¡Y para qué hablar de la francesita aquella que el bacan se levantó en Paris!
Todo eso y mucho más está en el tango: el dolor, la ausencia, la pobreza y la riqueza, el hermano, el “gomia”, la viejita, el “yobaca”, el naipe, el curda, el viejo, el calavera, el ciego, el misogino, las guerras, el compadrito, el ciruja, la ramera, el cuchillero, la paica, el pibe, y todos los prototipos y miserias y grandezas que se nos ocurra imaginar.
Por ese motivo, porque es una de las esencias de lo argentino, llevo a los lectores una página de tango en cada Boletín transcribiendo una letra y, de ser posible, agregando algún comentario sobre los autores y/o intérpretes. Hoy, con el nacimiento de la Revista, no podemos prescindir de una de sus bellas páginas, en la pluma del más insigne escritor argentino del siglo XX, Jorge Francisco Isidoro Luis Borges.

 

Pintura de Alberto Cedrón, colección "El Tango" Exposición en Galería Dhers (Berlín, 4-11-1993)

Milonga de Albornoz

LETRA: Jorge Luís Borges
MÚSICA: José Basso

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Alguien ya contó los días,
alguien ya sabe la hora,
alguien para quien no hay
ni premuras ni demora.
Albornoz pasa silbando
una milonga entrerriana;
bajo el ala del chambergo
sus ojos ven la mañana.
La mañana de este día
del ochocientos noventa;
en el bajo del Retiro
ya le han perdido la cuenta.
De amores y de trucadas
hasta el alba y de entreveros,
a fi erro con los sargentos,
con propios y forasteros.
Se la tienen bien jurada
más de un taura y más de un pillo;
en una esquina del Sur
lo está esperando un cuchillo.
No un cuchillo sino tres,
antes de clarear el día,
se le vinieron encima
y el hombre se defendía.
Un acero entró en el pecho
ni se le movió la cara;
Alejo Albornoz murió
como si no le importara.
Pienso que le gustaría
saber que hoy anda su historia
en una milonga. El tiempo
es olvido y es memoria.

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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