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El Cepo y el Zulo

EL CEPO Y EL ZULO

La humilde pieza quedaba a media luz en aquella triste y sombría tarde. Dos soldados armados, un sargento y otro militar de más alta graduación habían irrumpido en la casa. Iban buscando a un “rojo”, hijo de Amelia, la dueña de la sencilla vivienda.

Cocina, que a su vez hacía de comedor, dos habitaciones a la derecha y un corral al fondo. Registraron todo, pero no hallaron a nadie.

Amelia frisaba los sesenta. Su figura sencilla, pausada y enjuta, llevaba impresa la dura existencia de una vida dedicada a las labores del campo. Vestía de negro. El pelo recogido en un moño al ras de la nuca le daba un aire de nobleza austera y apacible. Sus ojos, color miel, desprendían una dulzura inmensa y una tranquilidad inquietante, parecían comprender con más profundidad la dramática situación y el muy difícil momento que estaba viviendo y que, en realidad, sólo empezaba.

El sargento insistía una y otra vez. Amelia lo miraba con infinito dolor.

Amelia miraba atentamente, tanto al sargento como al capitán, que fumaba plácidamente un puro, fingiendo una indiferencia que estaba lejos de sentir.

El teniente hizo un gesto desaprobatorio indicándole al sargento moderación. Sorprendido del gesto reprobatorio del teniente, el sargento se apresuró a decir:

Amelia, que hasta el momento no se había movido de la silla, se levantó lentamente e intentó acercarse a la ventana. Toda la presión del interrogatorio había cedido. El sargento aflojaba su actitud amenazante, apoyándose contra la pared aledaña a las habitaciones. El soldado exhaló un discreto suspiro de alivio, aquello de ir a “machacar” a una pobre mujer le repugnaba. El teniente, con aire de suficiencia, salió al exterior. Hacía un ligero fresquito, empezaba a anochecer y la primavera brotaba majestuosa cumpliendo su eterno ciclo.

Poco a poco la noche se iba cerrando, aunque todavía se podía percibir la silueta del teniente que avizoraba el camino que enlazaba con el inicio de la primera calle del pueblo. La casa quedaba a unos cincuenta metros de la última del pueblo.

La figura de tres personas empezó a dibujarse por la calle al final del asfalto, a punto de emprender el pequeño tramo de camino que moría ante la casa de Amelia.

Cuando el teniente apercibió a las tres personas que se acercaban, se incorporó e hizo gesto de aproximarse aunque se mantuvo recto en su posición. Las tres personas llegaron hasta él y lo saludaron con respeto. El teniente saludó militarmente. El más alto llevaba un traje oscuro con corbata y el pelo engominado. Otra persona de parecido porte se erguía a su lado. Un paso atrás, el soldado que había ido a buscarlos saludó y se retiró a un segundo plano. El engominado más alto y el teniente conversaron un rato. El recién llegado preguntaba una y otra vez, como queriendo averiguar todo lo ocurrido en el interrogatorio a la vieja.

Amelia, aterrorizada, observaba desde la ventana. Su hijo Félix había venido y no para verla, sino para descubrir el escondite de su hermano.

Cuando Félix pasó el umbral, madre e hijo se miraron. Los ojos miel fijaron su mirada en aquella figura pulcra, insensible. Incapaz de admitir lo que tanto temía.

Félix desvió la mirada y señalando el fregadero de la cocina le dijo al sargento:

Un estruendo sacudió la estancia. Amelia, la figura descompuesta, saltó y gritó desesperada.

El pesado fregadero cedió con una facilidad insospechada. Los dos soldados sacaron del agujero a un hombre, enjuto, mal vestido. Tanto el sargento como el teniente sonreían satisfechos. La madre se abalanzó encima de los soldados intentando arrebatar les al preso. De un empujón cayó al suelo. El rostro de Félix se descompuso. Mientras daba la mano al teniente y al sargento que lo felicitaban, no dejaba de mirar a su madre. Ésta se irguió poco a poco. Cuando Félix se acercó para ayudarla, Amelia lo rechazó bruscamente.

                                         Salomé Moltó

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