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Turismo de Carretera

Tucho, magister ludi

Fernando Sorrentino

Que yo sepa, mi padre no tenía, en la Argentina, ningún pariente no-fraterno de apellido Sorrentino; es probable que los tuviera, desconocidos, en la Campania italiana. Sí tenía unos cuantos primos Sofia (su apellido materno) nacidos y afincados en la localidad de Lobos, provincia de Buenos Aires.

Uno de ellos, de nombre Víctor Norberto, apodado Tucho, vivía a pocas cuadras de nuestra casa, y era visitante frecuente. Tímido, solterón y calvo (transitaba la vida tocado con sombrero), ejerció influencia en mi vida. Era hincha de Racing. Y, sobre todo, admirador del puntero izquierdo académico, el físicamente pequeño, hábilmente escurridizo y futbolísticamente sutil Ezra Sued, al cual Tucho se refería siempre con encendidos elogios.

Corría el año 1950, en el que yo había alcanzado mis primeros siete noviembres de vida. Y, aunque yo nunca había estado en ninguna cancha de fútbol, esa suerte de suave catequesis practicada por Tucho terminó por convertirme en conspicuo incondicional de la AKdé, enfermedad de la que ninguna terapia ha conseguido librarme.

Galvistas y fangistas

Posiblemente por ser oriundo de Lobos, Tucho pertenecía a las huestes entusiastas de Juan Manuel Fangio, ya que el Chueco, nacido en Balcarce, representaba la “provincia” en oposición a los hermanos Oscar (sobre todo Oscar) y Juan Gálvez, representantes de la “capital”. Además de Fangio, Tucho tenía otros dos amores automovilísticos, originados en cuestiones de sensibilidad geográfica: inclinaba sus simpatías hacia dos pilotos que constituían los créditos de Lobos: Juan José Blaquier y José Benjamín Lorenzetti.

En esos años el Turismo de Carretera (en adelante TC) constituía una pasión generalizada entre los argentinos, que, como se decía entonces, se habían dividido entre galvistas y fangistas, según fueran partidarios de Oscar Alfredo Gálvez o de Juan Manuel Fangio. En 1950 ya Fangio había abandonado el TC y se hallaba compitiendo en la Fórmula 1, en la que llegó a ser quíntuple campeón mundial, mientras que los hermanos Oscar y Juan Gálvez continuaron desempeñándose en el TC. Sin embargo, esta lejanía no había acallado los respectivos fervores, y continuaba habiendo gladiadores de Oscar y gladiadores de Juan Manuel.

Ante la disyuntiva, me permití disentir de Tucho y me convertí en devoto de Oscar Gálvez, cuya personalidad extravertida, verborrágica y algo fanfarrona me caía simpática. Compartía juegos, en mi infancia, con un amigo llamado Luisito (del que hace siglos no sé absolutamente nada).

Divergíamos: Luisito era partidario de Fangio. Me habían enseñado un buen argumento para ridiculizar a Fangio y ensalzar a Gálvez. La inscripción C.G.F.S.A. que figuraba en la cajita azul de los fósforos Ranchera (es decir: Compañía General de Fósforos Sud Americana) significaba, según mi interpretación, Corriendo Gálvez, Fangio siempre atrás. Pero Luisito, con indudable falta de lógica, introdujo una modificación falaz: Corriendo Gálvez, Fangio siempre adelante. La sinrazón era evidente. Mi filología interpretaba que Fangio podría ir adelante mientras no corriera Gálvez, pues corriendo Gálvez, Fangio siempre atrás. En cambio, en la de Luisito se expresaba que la condición indispensable para que Fangio fuera adelante era que corriera Gálvez. (Andando el tiempo, he reflexionado en que esta fórmula era en realidad más aguda que la mía: en efecto, Fangio sólo se toma el trabajo de ganar las carreras cuando corre Gálvez.)

Yo poseía un autito teóricamente Ford, yo manejaba el autito, yo era Oscar Gálvez. Luisito (Juan Manuel Fangio) corría con su Chevrolet. Los dos trasmitíamos por el éter las emocionantes carreras procurando imitar las voces de Luis Elías Sojit y de Alberto Salotto. Al mismo tiempo rugíamos ferozmente, como sin duda lo habrían hecho los motores de nuestros bólidos, si no fuera que eran de plástico y estaban rellenos de masilla.

Gracias a la radio y, sobre todo, a las figuritas de cartulina que coleccionábamos con tanto afán, fui conociendo los nombres de otros corredores que, sin alcanzar las cúspides de Fangio o de los hermanos Gálvez, solían tener dignísimos desempeños: Jorge Descotte, Félix Peduzzi, Marcos Ciani, Eusebio Marcilla, Domingo Marimón, Onofre Marimón, José Froilán González… Por otra parte, no puedo negar que, hasta el día de hoy, me encanta que uno de esos héroes se llamara, con eufónica aliteración, Tadeo Taddía.

La cuasi hegemonía de los Gálvez (nueve campeonatos de Juan y cinco de Oscar, entre 1947 y 1961), sólo interrumpida por Rodolfo de Álzaga en 1959, concluyó en 1961. Juan falleció en 1963, en accidente en la Vuelta de Olavarría, y Oscar corrió por última vez en 1962. Precisamente en dicho año se produjo el primero de los cuatro campeonatos consecutivos logrados por Dante Emiliozzi.

Nuestro representante

Considero deber ineludible consignar que en nuestro mismísimo barrio residía un corredor de TC: Ernesto Serafín Scally, que, con su cupé Ford, compitió entre 1947 y 1965. Su taller mecánico se hallaba sobre la vereda par de la calle Fitz Roy, más cerca de El Salvador que de Honduras. Además, era pariente (no sabría precisar en qué grado) de otro piloto, quizá de más relevancia: Juan Carlos Garavaglia.

En fin, éstos fueron mis contactos (remotísimos) con el TC, y el hecho es que no me pareció inoportuno rememorarlos con nostalgia tal vez pueril.

Fernando Sorrentino

[Diario La Prensa, Buenos Aires, 13 de septiembre de 2020]

Nota de la redacción: mi asombro no tiene límites por la coincidencia. Me refiero al gusto por el automovilismo (desde pequeño, hincha de Chevrolet: el taller de mi papá en Lonquimay, La Pampa, era sub concesionario de la marca), por supuesto Fangio era mi ídolo y posteriormente Marcos Ciani, mas tarde Carlos Pairetti. Pero mi asombro radica en ese juego de palabras, ya que tenía un amiguito vecino de casa, Oscar Gómez, cuyo padre tenía un Ford; consecuencia lógica, le gustaba esta marca y por supuesto en los años que comentamos, su ídolo era Oscar Gálvez. Pero ocurre que tanto él como yo apelábamos a la inscripción de los fósforos Ranchera de las que él sacaba como conclusión de esas siglas lo mismo que Fernando Sorrentino, mientras que yo en este caso, era como Luisito.

 TC de Álvarez

Pero si nos situamos en la “carrera de la vida” debo aceptar que Fernando me lleva una ventaja de 6 meses, ventaja que me será imposible alcanzar ni superar. Eso sí, como del TC se trata, no pude resistir la tentación de ubicar la foto de un coche de esa categoría automovilística perteneciente a un piloto de General Pico y preparado en el taller de mi papá y mi tío César; éste, a la izquierda con mameluco blanco. Mi papá a la derecha también apoya su brazo en el capó; a su lado, mi hermanito Robert. Los tres restantes: ‘Neno’ Fiorucci y sus dos hermanos mellizos, Lucho y Ennio

César J. Tamborini Duca

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