Entradas etiquetadas con caballo criollo

Gaucho al galope

El gaucho

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“Criollo del tiempo anchísimo que nunca picanearon los relojes y que
midieron despacito los mates.” (Jorge Luis Borges)

Decír “gaucho” es nombrar a ese ser independiente, centauro solitario de la pampa que habitaba un territorio de nadie que era la frontera entre el indio y los colonos, o tal vez esa tierra de todos que era del gaucho, sí, pero también del colonizador que extendía sus dominios sobre ella y cuya desmesura provocaba el vacío poblacional; o del indio que veía cómo el avance del hombre blanco, del “huinca”, le iba arrebatando poco a poco parte de sus tierras ancestrales donde cazaba libremente para su subsistencia:  y entonces se dedicaba a maloquear sobre ese territorio para llevarse miles de cabeza de ganado vacuno y yeguarizo que consideraba suyos.
Y en ese espacio donde la ciudad se hizo campo, y aún mas allá, donde se entreveraban las lanzas con las guitarras y el cuchillo con la ginebra que se bebía en las pulperías mientras se mezclaba un mazo de barajas, ahí estaban los dominios del gaucho. (más…)

Domador

El domador

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La figura del gaucho desplazándose al paso sobre su caballo en la interminable planicie pampeana nos ofrece  una imagen bucólica, de tranquilidad, de paz; de monotonía que sólo rompe  la pausa nocturna para el descanso con el  manto de las estrellas cobijando su sueño, o  la llegada al boliche para tomarse una caña o jugar una partida de naipes, o el regreso al rancho donde la china  lo está esperando con el mate desde que ve su figura  acercándose en el horizonte.

Hay otras situaciones en las que el gaucho, aún haciendo galopar a su montado, como cuando un vacuno se dispara de un arreo y hay  que arrimarlo nuevamente al rebaño,  no se altera sin embargo esa imagen consustancial al conjunto que nos ocupa.

Pero sí hay otra en que  esa placidez sufre la rotura de la complicidad a que nos acostumbra la imagen del caballo y su jinete, para convertirse en la  imagen misma del vértigo y  la locura, descarga pura de adrenalina en la cual ese centauro parece querer  dividirse en sus dos partes constitutivas, aunque una de las partes, el jinete, tratará por todos los medios de impedirlo para demostrar a la otra mitad quién es el que mandará, de ahí en adelante, en ese binomio ecuestre.

Me estoy refiriendo a la DOMA, esa  tarea que es el arte supremo del dominio que el gaucho ejerce sobre la cabalgadura, y que voy a describír en una situación ficticia protagonizada por 2 personajes reales, uno de los cuales tuve el privilegio de conocer en mi niñez pampeana. Los hechos ocurrieron de  este modo. (más…)

Carrera de caballos

Las cuadreras

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¿Quién no se dejó ganar por la emoción alguna vez al ver correr en semi libertad al noble equino en los extensos campos de la llanura pampeana?. De esa tropilla que pasta tranquilamente, ver cuando de pronto se desprende uno de los integrantes del grupo para alejarse en loca carrera y regresar triunfal, flotando sus crines por efecto del galope y del viento, como si hubiese superado en velocidad a quién sabe qué invisible o imaginado rival. Sublime espectáculo al que sólo le falta para ser completo la figura del hombre a horcajadas de su lomo.

El conjunto humano que se cría, que se educa, que crece culturalmente en ese entorno ¿cómo no ha de ser un admirador incondicional de todas las manifestaciones en que el caballo es protagonista?. Esa es la razón por la que los argentinos se convierten en admiradores incondicionales de los distintos juegos en que participan jinetes y caballos, llámese Carrera de Sortijas, Polo, Carrera de Trote, Pato.

Y lo que constituye una pasión nacional son las carreras de caballo, de los “pura sangre” que harán retumbar sus cascos en la hierba o en la arena, llámese San Isidro, La Plata o Palermo, los 3 míticos escenarios nacionales, extendiéndose ese fervor hasta el oriental Maroñas, ahí nomás, cruzando el charco del argéntico Río. (más…)

Caballos galopando

El caballo criollo

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Cuando Don Pedro de Mendoza organizó la expedición al Río de la Plata, obtuvo permiso del Rey para traer 100 caballos al servicio de la misma, y para propagar la especie en las nuevas tierras. “Pero solamente embarcó 72 en Cádiz, de la raza de Berbería cruzada de la asiática de los mongoles. Y cuando los primeros pobladores de Buenos Aires, abandonando la empresa, se embarcaron para Asunción al mando de Francisco Ruiz, a estar a los términos de la carta de Fray Juan de Ribadeneyra al Rey quedaron 44 caballos, aunque según Ruy Díaz de Guzmán sólo eran 12”. (‘El Indio del Desierto. 1535 – 1879’, por Dionisio Schoo Lastra. Biblioteca del Suboficial, Buenos Aires, 1937, 3ra. Edición, pág. 21). (más…)

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