Relatos y crítica literaria

El Ordenador Central

 

Este relato recibió el Primer Premio en el “Primer Concurso de Relatos Cortos Río Órbigo” y “Mejor Relato Local” (Veguellina de Órbigo, León, abril de 2011)

La madre que lo parió, cómo pueden hacer esto, dijo Federico antes de doblar el periódico y subir al coche para enfilar hacia el trabajo. Tuvo un día pésimo, estaba malhumorado, todo le salía mal.

Al final de la jornada pasó por contaduría para cargar su tarjeta en la máquina pagadora del sueldo mensual, y se dirigió al café de la esquina para encontrarse con sus amigos; en realidad de café, sólo el nombre que la ancestral costumbre de los parroquianos le daban, pues hacía ya 3 años que en los bares no se servía café ni té porque –decían- eran infusiones estimulantes que contenían cafeína, teobromina, etc. y estaban prohibidos. Sólo se consumía en lugares privados y si se conseguía en forma clandestina, como en otras épocas la cocaína y otras sustancias proscriptas por la ley.

En la mesa del “café” lo esperaban el flaco Aguirre, que no sabía lo que era trabajar pese a que su situación económica era más bien penosa; el “tordo” Galván, escribidor en el semanario del barrio; el “petiso orejudo” que se dedicaba al corretaje de seguros; Jorge, el peluquero bohemio que siempre tenía alguna anécdota de sus clientes para contar; y el “gallego” Gutiérrez cuyo padre tenía tienda y por ese motivo era el mejor empilchado de la barra  –y como la vestimenta ayuda, el que tenía más éxito con las minas-.

En el preciso momento de la llegada de Federico, los muchachos estaban comentando lo que había acontecido 10 años atrás con la prohibición del alcohol, medida tan desacertada como la que en la década de 1920 impulsaron las autoridades norteamericanas con la llamada “ley seca” que originó el auge del “gangsterismo” con su secuela de muertes, corrupción, la destilación clandestina de licores y otras consecuencias no menos funestas; y que si en nuestro país no alcanzó las mismas dimensiones se debió a la falta de “cojones” de los muchachos de la pesada, que a los dos años de represión policial tiraron la toalla y se dedicaron al proxenetismo.

Federico les recordó que habían transcurrido 20 años de la famosa prohibición, la primera de todas, la del tabaco; y les recordó que en ese mismo “café” y en esa misma mesa habían leído y discutido los artículos de Javier Marías en “El País” de los domingos, unos apoyándolo y otros en contra de lo que afirmaba. Les recordó también Federico que aunque él fumaba muy poco (casi no fumaba) había estado de acuerdo con Javier no tanto por los derechos de fumadores o de no fumadores, sino por estar en contra de las prohibiciones, de la intromisión del Estado en todas las facetas de la vida de los individuos.

-Che, pero aparte el Ordenador Central anuló por decreto la segunda ley de la termodinámica, dijo Jorge.

-¿La qué? preguntó el “petiso orejudo”,  que en cuestiones de física no era muy enterado. A lo que Jorge le replicó:

-Esa ley  de la máxima entropía a la que tiende el universo.

-¿Y eso de entropía cómo se come?,  ¿es un nuevo embutido?

-Andá, no te hagás el boludo, mejor te explica el “tordo”.

-¿Vos vistes cuando en una habitación de un chico están todos los juguetes acomodaditos en un rincón, y llega el pibe y al rato están en un total desorden, desparramados por todo el cuarto? Bueno, fijáte vos que lo mismo sucede con los gases, imagináte una caja llena de moléculas gaseosas y de algún modo las arrinconás; luego las dejás  que se muevan libremente y al rato te ocupan toda la caja. Lo mismo sucede en una habitación, sea pequeña o grande es lo mismo, y querer poner en un sitio “sector de fumadores” y en otro “sector de no fumadores” sin separación física, tabique o lo que sea, es una boludez más grande que una casa, ¿o se creen que hay un decreto-ley-cortina que impide a las nubes de humo del cigarrillo franquearla hacia el otro sitio?

El Ordenador Central

Pero dejemos este tema y volvamos a la intromisión del Estado. Miren cómo estamos ahora: el Presidente de la nación es casi una figura decorativa que sólo refrenda las leyes que el Ordenador Central, basándose en millones de datos estadísticos, elabora “per se” para que se impongan como decreto-ley.  ¿Y las Cámaras de Representantes?

(En ese momento pasa por la vereda contoneando las caderas una “mina” deslumbrante y todos a la vez giramos la cabeza para seguirla con la vista a través de la ventana; el “flaco” Aguirre se destapó con un “miren que culito precioso” y el “tordo” Galván le increpa “¿pero vos sos loco? ¿sos boludo? ¿no ves que te pueden demandar por acoso sexual?”).

¿Cuánto hace que desaparecieron los Diputados? Ya va para 2 años. Tensaron tanto la cuerda con sus leyes y tejes y manejes que no se daban cuenta que se iban encerrando  cada vez más en un círculo tan estrecho que finalmente les resultó imposible escapar del mismo. Y ya no hacen falta pues el Ordenador Central, al que le hicieron el caldo gordo, se encarga de todo.

No hay dinero en circulación, todo se cobra y se paga con una tarjeta, el dinero físico no existe más que en la imaginación de las personas pues ahora todos son asientos contables y la privacidad económica, como tantas otras privacidades, desapareció. Todo está en manos del Ordenador Central y a través de él se puede saber cuánto dinero tiene cada persona en su tarjeta electro-magnética, cuánto gasta, qué saldo le queda en cada momento. Estamos a un paso del “Un mundo feliz” que imaginó Huxley.

Y ahora esto; es el acabóse. Según dice el periódico de hoy  -25 de enero de 2021- es para que la Seguridad Social sea viable; el Ordenador  Central descubrió que ya no pueden tratarse más casos de resfríos y de gripes para que se sostenga el sistema, y que hay que evitar que la gente se contagie los virus que originan estas afecciones.

Como el Ordenador Central detectó que la proximidad entre las personas ocasionaba la mayoría de casos de esas enfermedades, en el día de la fecha decretó la prohibición del funcionamiento de los cines.

Por César J. Tamborini Duca

   

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César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.
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