Felicitas Guerrero

“Como los hombres están más expuestos al teatro del mundo, salen a la luz muchas acciones suyas que, aunque en las mujeres las hay igualmente heroicas, como no interesan al público, quedan sepultadas en el olvido”. “Apología de las Mujeres”, Inés Joyes, 1798

 

La zona que da nombre al famoso tango “Tres Esquinas”, donde “…En sus ochavas compadrié de mozo, / tiré la daga por un loco amor, / quemé en los ojos de una maleva / la ardiente ceba de mi pasión”… se encontraba situada en el Barrio de Barracas sobre la actual calle Montes de Oca, que antiguamente se llamaba “la calle Larga” y fue testigo de una historia de amor trágico, pero no está relacionada con dicho tango sino con una de esas historias que perviven en el imaginario colectivo, cuando están aderezadas con tantos ingredientes  -inclusive el de las apariciones- como el que podrán apreciar con esta lectura.

Felicitas Guerrero viuda de Álzaga vivía, hasta su trágica muerte en 1872, en la quinta ubicada en Montes de Oca y Pinzón, en Buenos Aires. Según se estilaba en la época, un matrimonio de conveniencia había unido a Felicitas, con sólo 15 años, a Martín de Álzaga, que rondaba los 50. Grande era la diferencia de edad y eso propició la viudez en plena juventud de la moza.

En esa circunstancia y tras el anuncio de su boda con Samuel Sáenz Valiente interviene un tercer protagonista: un enamorado del que afirman las habladurías la amaba antes aún del matrimonio con Álzaga, lleno de rabia por el despecho la mató de un disparo. Enrique Ocampo –que de él se trataba- al darse cuenta de la atrocidad cometida e impotente ya ante lo irreversible, se suicidó. Aunque hay un cuarto protagonista, pues se sospecha que fue un primo de Felicitas quien lo mató al descubrir el drama.

Debemos ambientarnos en la época y establecer que hasta 1871, cuando se agudizó la epidemia de fiebre amarilla, la zona aledaña al Parque Lezama –en la que se agrupaban quintas y residencias- estaba poblada por la clase alta, la aristocracia porteña, que se trasladó a la zona Norte (Barrio del Pilar y La Recoleta) como consecuencia de la epidemia mencionada.

Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto (Felicitas) había nacido en medio de una fuerte tormenta el 26 de febrero de 1846, hija mayor de los 12 hijos nacidos del matrimonio formado por doña Felicitas Cueto y Montes de Oca que pertenecía a una aristocrática familia porteña, y don Carlos José Guerrero Reissig, malagueño o vasco según las versiones, nacido en 1814 y arribado a Buenos Aires en 1832; vivían en la calle México nº 524 (numeración actual, y donde se encuentra la Sociedad Argentina de Escritores, SADE). Don Carlos Guerrero fue el que introdujo al país la raza vacuna Aberdeen Angus desde Inglaterra, en el año 1879, en sus tierras lindantes con el Río Salado donde hoy se encuentra, en el Km 168 de la Ruta 2, el pueblo de Guerrero.

Don Martín Gregorio de Álzaga había nacido en 1814 (el mismo año que su futuro suegro), nieto del que fuera Alcalde de Buenos Aires, el español de su mismo nombre que tuviera destacada actuación durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 y que posteriormente, en 1812, fuera ejecutado por las autoridades patriotas acusado de contra revolucionario. Su nieto había aumentado considerablemente la fortuna familiar, y era poseedor de varias estancias en la provincia de Buenos Aires que sumaban muchos miles de hectáreas: Juancho, La Pelada, La Postrera. A punto de cumplir 50 años conoció a Felicitas que, al decir de sus contemporáneos, era una de las mujeres más hermosas de la ciudad, muy cortejada por los jóvenes de las familias más aristocráticas de la sociedad.

Don Martín Gregorio la pide en matrimonio y, pese a los ruegos de la joven que contaba 16 años y no deseaba casarse con un hombre que no quería y le llevaba 32 años, se impuso la decisión del padre, cosa natural en esa época. El símbolo de los opuestos, hermosa y joven unida a un ‘anciano’ rico, con toda la pomposidad de las familias aristocráticas de la época, en la Iglesia de San Ignacio.

Si nos internamos desde La Boca por la calle Brandsen llegamos a la calle Larga, actualmente Montes de Oca; en la intersección de ésta avenida con la calle Pinzón está la plaza Colombia, donde antes se levantaba una casa señorial con glorieta y un pequeño huerto de naranjos. Si bien fue demolida en 1937, todavía se conserva frente a la plaza la iglesia construida en 1879.

En esa casa señorial llamada “La Noria” vivió el matrimonio hasta la muerte de Don Martín producida el 17 de mayo de 1870, un par de meses después de la muerte de su segundo heredero (Martín) que solamente vivió unas horas. En 1866 había nacido el primogénito, Félix Francisco, que murió en 1869 como consecuencia de la epidemia antes mencionada que comenzaba a asolar la ciudad. El funeral se celebró en la Catedral un mes después, y la joven y rica viuda vestida con rigoroso luto, era observada con admiración, respeto y por qué no, ambición y deseo, por muchos pares de ojos varoniles. El testamento de su inmensa fortuna, contemplando aún la posibilidad que su esposa estuviera embarazada, decía: …”Que si mi hijo póstumo no puede por fallecimiento sustituirme legalmente como heredero, es mi voluntad que entonces sea mi única y universal heredera mi esposa Doña Felicitas Guerrero de Álzaga, por el gran cariño que le profeso y por las inequívocas pruebas de afecto y bondad, que he recibido de ella”…

Felicitas, que luego de su rigoroso luto comenzó a asistir a las reuniones sociales, era denominada “la joya de los salones porteños”. Era admirada y deseada; se afirma que su primo Cristian Demaría la amaba en silencio. Pero el asedio a esa plaza al parecer inexpugnable lo protagonizó Enrique Ocampo (tío abuelo de las escritoras Victoria y Silvina Ocampo) que comenzó a acosarla con su presencia en todas las reuniones donde ella concurría, y si bien en un principio Felicitas pudo tener algún entusiasmo (llegó a decirse que la bella viudita le daba su preferencia), llegó luego a sentirse agobiada por su presencia. Él le había expresado en un rapto tal vez premonitorio “Si no me permite ser el sol de su amor, me convertiré en su sombra”.

Victoria Ocampo, sobrina nieta de Enrique, decía en su Autobiografía: “Éste joven se enamoró perdidamente (…). Felicitas, por su belleza y la considerable fortuna heredada, era objeto codiciado. Gozaba, suponemos, de la muy relativa libertad concedida, en esos tiempo de barbarie, a una viuda  joven de la alta clase social”.  Hay distintas versiones como es habitual para estas situaciones propicias al chismorreo; unas, que fueron amantes antes de enviudar, otras, que Enrique solo buscaba su fortuna, pero lo único concreto es que él fue rechazado.

Como consecuencia de la epidemia que afectaba a Buenos aires, ciudad que con 200.000 habitantes sufrió la muerte de 14.000 personas, en el verano de 1871 Felicitas se instaló temporalmente en la heredada  Estancia “La Postrera”, a orillas del Río Salado. Y aquí sucede algo que tuerce la historia de la vida de nuestra protagonista, pues en una noche tormentosa y por las características del terreno donde transitaba junto a una amiga (Albina Casares), su tía Tránsito Cueto y su primo y enamorado secreto Cristian Demaría, el carricoche tirado por caballos en el que viajaban se empantanó. En esas circunstancias aparece en su vida Samuel Sáenz Valiente, dueño de extensas tierras linderas a las suyas.

 El joven vecino (contaba 30 años) los invitó a guarecerse de la tormenta en el casco de su Estancia y cubre de atenciones a sus invitados. Su personalidad, sus distinguidos modales caballerescos, los halagos que le brinda, no pasan desapercibido para Felicitas y el flechazo fue casi instantáneo. A escondidas de sus padres pues aún no llevaba un año de viudez, Felicitas vivió un romance que conocían y aprobaban sus hermanos, y accedió a la petición de Sáenz Valiente para anunciar su compromiso en el mes de marzo. Transcurría ya el año 1872 y Felicitas había retornado a Buenos Aires el 29 de enero para la inauguración de un puente del que sería la madrina.

Cuando Enrique Ocampo regresó de Londres adonde se había desplazado un año antes para realizar negocios se enteró de la noticia. Sintió ultrajado su orgullo de varón, no soportaba el desdén de Felicitas y después… no hubo un después. Cuando Felicitas llegó esa noche del 29 de enero a La Noria le comunican que Enrique Ocampo la esperaba. No quería recibirlo y Cristian Demaría se ofreció para ir él a recibir al despechado amante; Felicitas quiere ahorrarle al primo ese disgusto y decide recibirlo ella para terminar de una vez con el asedio.  “Una calle en Barracas al Sur, / una noche de verano, /…Una calle, un farol, ella y él / y llegando sigilosa, / la sombra del hombre aquél / a quien lo traicionó una bella ingrata moza. / Un quejido y un grito mortal, / y brillando entre la sombra, / el relumbrón”… (Silbando, tango de González Castillo, con música de Cátulo Castillo y Sebastián Piana).

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Puede ser que antes del disparo fatal Enrique le dijera –“serás mía o de nadie”-  La versión oficial dice que a continuación Ocampo se suicidó con la misma arma; la versión popular dice que Demaría lo mató, pues recibió un disparo en la boca y otro en el corazón, lo cual es incompatible con un suicidio.

Felicitas escapó  dolorida y aterrorizada  de la Sala  de  Visitas,  ve el rostro  de  su amado y grita –“Samuel, me muero”- Murió de madrugada, a las pocas horas del atentado, siendo velada en la casa donde había nacido en la calle México, y el día 31 la inhumaron en el cementerio de La Recoleta en la bóveda de la familia Álzaga. Testigos de la época mencionan que los cortejos fúnebres de Enrique y Felicitas se cruzaron en la puerta del cementerio.

A Felicitas la heredan sus padres y, en los fondos de esa vetusta casa con naranjos y glorieta, mandarán construir la iglesia en su honor con la intención de poder enterrar en ella el cuerpo de la hija trágicamente desaparecida. Pero las autoridades no otorgaron el permiso para que sus padres llevaran a Barracas el cuerpo de la hija.

Comienza luego otra historia. La imaginación popular dice que Felicitas se pasea por la iglesia que hicieron construir sus padres; y de nuevo entra a jugar la imaginación popular que contradice la versión oficial y dice que el ataúd de La Recoleta está vacío, que el cuerpo de Felicitas está enterrado en esa Iglesia y por eso los vecinos reportaron ruidos extraños y apariciones en esa zona de Barracas, la que ocupa la plaza Colombia y la Iglesia, en la que muchas novias rechazan casarse por temor que esté embrujada. O por solidaridad hacia lo ocurrido a su congénere.

En diversas ocasiones los vecinos, además de  ruidos extraños, reportaron  la visión de una figura femenina de época, vestida de blanco y aferrada a las rejas de la Iglesia; también el sonido de las campanas sin que nadie las tocara. Y otros fenómenos paranormales que se relatan aún en la década de 1960.

En el interior de esa  iglesia hecha construir por sus padres en el año 1879, Felicitas Guerrero está representada en una figura en mármol color beis, reclinada sobre un niño –su hijo muerto, Félix- y de pie la figura de Martín de Álzaga, ambas en la entrada. La iglesia, de nave única, contiene vitrales franceses, órgano alemán, reloj inglés con carrillón, y está consagrada a Santa Felicitas (Santa del siglo II).

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

3 comentarios sobre “Felicitas Guerrero

  • el 23 agosto, 2012 a las 21:55
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    Como ha cambiado el mundo, ahora es comun que jovenes mujeres busquen contraer matrimonio con un hombre adinerado, cuanto mayor mejor, para asegurarse una pronta herencia.
    En esa epoca los casamientos los arreglaban los padres, convenientes para unir posiciones economicas solventes, contraer compromisos economicos y asegurar el futuro de sus hijas, manteniendo el status social.
    Bochornoso, antes y ahora.

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  • el 26 agosto, 2012 a las 13:54
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    Parece una historia narrada por Shakespeare, Galdós o el mismo Víctor Hugo. Es que muchos de ellos se han nutrido de la realidad, mucha más fecunda que sus inspiraciones. Muy bueno César,

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  • el 15 febrero, 2013 a las 11:41
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    La Iglesia de San Ignacio es la más antigua que conserva la ciudad de Buenos Aires. Es de 1675 y forma parte de la Manzana de las Luces. La arquitectura simple y austera del interior del templo no encuentra continuidad en la fachada, que está inspirada en el barroco alemán. La torre sur tiene el privilegio de ser la construcción más antigua de Buenos Aires, mientras que la torre del reloj fue agregada a mediados del siglo XIX por el arquitecto Felipe Senillosa.

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