Los negros de Rosas

Morenada, de José Lanuza

Es conocido el hecho que a Rosas lo querían y lo admiraban las familias de origen colonial, la aristocracia porteña,  porque supo imponer el orden en una nacionalidad desquiciada por las ambiciones, las sinrazones (recordemos 1820, la pérdida de la Banda Oriental después de triunfar en la guerra contra Brasil, el fusilamiento de Dorrego y tantos otros; antes de Rosas, pero también y en mayor medida, después de su caída).

La morenada (los negros esclavos y libertos) le temían, pero también lo respetaban y querían. Pero veamos lo que decía al respecto José L. Lanuza, un escritor e historiador de ese período de nuestra historia:

“Se perdían los pobres negros en todos los puntos del país. Soñaban con su padre Rosas. Los que quedaban irían muriéndose de viejos, poco a poco. (Para situar a los lectores, les informo que Lanuza se está refiriendo al período posterior a la caída de Rosas en Caseros por la coalición de fuerzas de 3 países).

Alguno llegó a refugiarse entre los indios. Cerca de veinte años después de Caseros, durante la presidencia de Sarmiento, el coronel Lucio V. Mansilla1, en su excursión a los indios ranqueles, se encontró con uno de estos negros federales en la toldería del cacique Mariano Rosas, en Leuvucó. Entre bufón y maestro de ceremonias del señor del desierto, el negro vivía bailoteando, cantando coplas, tocando el acordeón y esperando la vuelta del Restaurador. A Mansilla, que era sobrino de don Juan Manuel, le contó la historia de su vida:

-Mi amo, yo soy federal. Cuando cayó nuestro padre Rosas, que nos dio libertad a los negros, estaba de baja. Me hicieron veterano otra vez. Estuve en el Azul con el general Rivas. De allí me deserté y me vine para acá. Y no he de salir de aquí hasta que no venga el Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saa nos ha escrito que él lo va a mandar a buscar. Yo he sido de los negros de Ravelo. Y guiado por esa esperanza se puso a recordar la copla:

Que viva la patria

 libre de cadenas

y viva el gran Rosas                                                                                                                                                    

para defenderla…

Pero al sobrino de don Juan Manuel no le gustaban los recuerdos federales. Ni la voz del negro, ni el chillido del acordeón. Le dijo:                                                                                                                 

-Hombre, ya te he dicho que no quiero oírte cantar.                                                                                         

Entonces se produjo este diálogo memorable; el negro le preguntó con desconfianza:                                  

-¿Usted es sobrino de Rosas? 

-Sí.                                                                                                                                                                                                             

-¿Federal?                                                                                                                                                                       

-No.                                                                                                                                                                       

-¿Salvaje?                                                                                                                                                               

-No.                                                                                                                                                                       

-¿Y entonces, qué es?                                                                                                                                            

-¡Qué te importa!

Y el negro, ya con aire insolente:                                                                                                                            

-No me trate mal porque soy negro y pobre… Aquí todos somos iguales”. (pág. 144 y 145 libro de Lanuza // pág. 223 del Tomo I libro de Mansilla)

Simbología religiosa

Este último concepto no era otro que el adoptado por el jefe supremo de los ranküllches, el lonco Panguetruz Gner2 (Mariano Rosas) que utilizó estas mismas palabras en diálogo con Mansilla. Pues no sólo los negros sentían admiración y respeto por Juan Manuel, también la mayoría de los indios la sentían hacia quién los trataba con un sentimiento paternalista, como quedó muchas veces expresado por distintos caciques, y comprobaremos en una relación con el principal cacique de la parcialidad Ranküllche.

Relata Lucio Victorio Mansilla: “Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; hablaba de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe a él; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó a enlazar, a pialar y a bolear a lo gaucho….

Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino le mandó un regalo. Consistía en 200 yeguas, 50 vacas y 10 toros de un pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de yerba y azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas divisas coloradas. Con este regio presente iba una afectuosa misiva que Mariano conserva, concebida más o menos así:

Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida, aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver a sus padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en el viaje haciéndolo acompañar. Dígale a Painé que tengo mucho cariño por él, que le deseo todo bien, lo mismo que a sus capitanejos e indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo mandar. Ocurra a mí siempre que está pobre. No olvide mis consejos porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y larga vida. Su afectísimo. Juan de Rosas. Post data. Cuando se desocupe, véngase a visitarme con algunos amigos.” (“Una Excursión a los Indios Ranqueles” –Vol. I- Lucio V. Mansilla, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1987, pág. 214 y 215).

Conversando en el toldo de Mariano, éste le dice a Mansilla: “Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo un buen techo que como vivo, sino porque ¿qué dirían los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que me había hecho hombre delicado, que soy un flojo” (pág. 235). Y un poco más adelante… “Aquí somos todos iguales, hermano” (pág. 239) y un poco después repite Mariano “Aquí todos somos iguales” (pág. 240)

Notas

1Lucio Victorio Mansilla, era hijo del héroe de Obligado Lucio Norberto Mansilla y de Agustina Ortíz de Rozas, hermana del Restaurador

2Panguetruz Gner, nacido en 1825 aproximadamente e hijo del cacique Painé y de una cautiva blanca, fue tomado prisionero con otros niños indios por las tropas de Rosas en la Campaña del Desierto en 1834 y fue conducido a presencia de Rosas, quien apadrinándolo lo hizo bautizar con el nombre de Mariano y dándole también su propio apellido, por lo cual Panguetruz Gner (Zorro cazador de leones) pasó a llamarse Mariano Rosas, nombre que mantuvo durante toda su vida. En las estancias de su padrino aprendió todas las tareas camperas. Extrañando a su familia, años después y siendo adolescente, Mariano escapó junto a otros amigos hacia las tolderías de Leuvucó, donde muchos años después tuvo ese diálogo con Mansilla.

por César José Tamborini Duca

Fuentes:

“Una excursión a los indios Ranqueles” (Vol. I), de Lucio V. Mansilla, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1987 (págs. 214, 215, 223, 235, 239, 240)

“Morenada”, de José L. Lanuza, Emecé Editores, Buenos Aires, 1946 (pág. 144 y 145)

Artículo publicado en la Revista Histórica “El Restaurador” (Año XIII – Nº 51 – junio 2019, pág. 15 y 16, Director Dr. Norberto Jorge Chiviló)

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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