BUENOS AIRES: LAS DOS FUNDACIONES

PRIMERA FUNDACION DE BUENOS AIRES: Don Pedro de Mendoza                                                              (por César José Tamborini Duca)

Al cumplirse el IIº Centenario de la Revolución de Mayo que abrió el camino para la Independencia Argentina, consideramos apropiado hacer una brevísima relación histórica de sucesos previos. España descubre el Río de la Plata en 1515 gracias al piloto Juan Díaz de Solís, quien al comprobar que era tan amplio que tenía horizonte, lo llamó “mar”: Mar Dulce, por el sabor de sus aguas.

Me inspiró estos versos:

“El mar dulce de agua leonada

con horizonte, cual pampa ancha;

de la Plata el Río, que dejó una mancha

de extensos pastizales, aterciopelada”.

Muere Solís por las flechas de los guaraníes que habitan una isla; él y unos pocos acompañantes desembarcados sirven de alimento a los nativos.

Cinco años después la expedición de Hernando de Magallanes que daría la Vuelta al Mundo por vez primera, penetra en el Río de Solís tocando su costa occidental.

Sebastián Caboto penetra en el río y lo remonta hacia el norte en 1527. Cómo no llamarlo Río de la Plata si aseguran que hacia el norte se encuentra la “Sierra de la Plata”, haciendo alusión a la riqueza del cerro de Potosí. Desde el fuerte de Sancti Spíritu, fundado por Caboto Paraná arriba, se organizó una entrada “tierra adentro” al mando del capitán Francisco César, ocasión en que se escuchó hablar de la fabulosa Sierra de Plata y esto, unido a la confusión por el apellido del capitán, dio lugar a la leyenda de la Ciudad de los Césares.

Ese año se siembra trigo por primera vez, y las aguas del Plata se ven surcadas también por Diego García, en busca del legendario país del “Rey Blanco”. Nueve años después, en 1536, ya se encontraba destruido el fuerte de Sancti Spíritu, según la leyenda a causa del enamoramiento del cacique Siripo de la española Lucía Miranda. Estamos en vísperas del gran acontecimiento.

 

“Fundación Mítica de Buenos Aires” (Jorge Luis Borges)

Lo cierto es que mil hombres / y otros mil arribaron

por un mar que tenía / cinco lunas de anchura

y aún estaba poblado / de sirenas y endriagos

y de piedras imanes / que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos / trémulos en la costa,

durmieron extrañados / dicen que en el Riachuelo

pero son embelecos  / fraguados en la Boca.

Fue una manzana entera / y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera / pero en mitad del campo /

expuesta a las auroras / y lluvias y sudestadas

la manzana pareja / que persiste en mi barrio:

Guatemala, Serrano, / Paraguay, Gurruchaga…

 

No fue muy afortunado el granadino Don Pedro de Mendoza. Con el dinero que obtuvo en el saqueo de Roma efectuado en 1527 por las tropas imperiales, pidió y consiguió del Emperador Carlos V el título de Adelantado para, con dos mil quinientos soldados, dirigirse al Río de la Plata. Salieron de Sanlúcar de Barrameda en 14 navíos el 24 de agosto de 1535. Lo acompañaban Comendadores de las Ordenes de Santiago y de San Juan, entre otros Juan Osorio, Salazar de Espinosa, Diego de Mendoza (hermano del Adelantado), el Alguacil Mayor Juan de Ayolas, Domingo Martínez de Irala; también iba en la expedición el soldado alemán Ulrico Schmidl, que dio a conocer las desventuras de esa expedición gracias a su crónica.

Algunos de los hispanismos utilizados por Ulrico ‘Utz’ Schmidl fueron confundidos con italianismos, por lo que se sospechó que pudo haber tomado parte en el saqueo de Roma. Inclusive hay autores que lo mencionan con una grafía italianizante: Ulderico Schmidel. Él nos aclara en su “Derrotero y viaje a España y las Indias” que Buenos Aires significa “buen viento”.

Esto consta en la única traducción del manuscrito original, efectuada por Edmundo Wernicke; éste, argentino hijo de alemanes, interpretó como nadie los conceptos y grafías correctos aplicables al idioma español de la obra del soldado-cronista teutón, preparando su traducción –que fue publicada en 1938 por la Universidad Nacional del Litoral- durante 10 años. Es muy probable entonces que ese “Buen Ayre” no esté relacionado con las bondades de la composición química atmosférica sino con un efecto meteorológico (buen viento, en el sentido de “fuerte”) que padecen los habitantes de Buenos Aires y conocemos como ‘sudestada’ al provenir de ese cuadrante de la “rosa de los vientos”. Sin embargo en un trabajo de investigación realizado por Joaquín de Zuazagoitia, este afirma que se fundó bajo la advocación de la Virgen del Buen Aire, patrona de los navegantes, venerada en Sevilla.

Unas pocas mujeres acompañaban a los conquistadores, siendo las primeras que llegaban al Río de la Plata, entre otras, su propia mujer, María Dávila; Elvira Pineda; María Sánchez; Catalina de Vadillo; Catalína Póux; Ana de Arrieta; otra Mary Sánchez, todas mujeres de conquistadores, incluida Isabel de Guevara, narradora de los sufrimientos padecidos, en una carta patética a la reina. La Maldonada, cuya aventura comentaremos luego, y tambien Ana, a la que el hambre hizo vender su cuerpo.

Llegaron al Río de la Plata en enero de 1536, pero se detuvieron en el estuario a la espera de la nave de Alonso Cabrera que se había desviado hacia Santo Domingo. Por ese motivo comenzaron a desembarcar el 2 de febrero y terminaron el 3, día en que se puede decir que Mendoza “echó los cimientos” de Buenos Aires. El jesuita Antonio Rodríguez, que formaba parte de la Armada, cuenta que los primeros seis hombres que saltaron de los navíos, fueron devorados por las fieras. Mal presagio de lo que sucedería posteriormente.

Más problemático es el sitio porque hay que tener en cuenta que el cauce del río ha cambiado y eso originó un proceso de transformación muy fuerte en el terreno; además ese primer asentamiento no estuvo en las tierras altas como Parque Lezama (sitio hipotético de fundación para algunos) sino en las zonas bajas. Sí se supone que fue muy cerca de la boca del Riachuelo, donde había dejado a resguardo los barcos más pequeños.

También se cree (y un grupo de arqueólogos está buscando su localización) en la existencia de una península que habría tenido 5 metros de altura sobre el nivel del Riachuelo, y que podía haber sido utilizada como lugar de desembarco y asentamiento, poniendo al poblado el nombre de “Puerto de Nuestra Señora de Santa María del Buen Ayre”. Se construyó una iglesia, una casa para el Adelantado y numerosas chozas de paja y barro. El 24 de junio del mismo año los indios querandíes (de la familia lingüística de los puelche, de la nación mapuche) solicitaron la ayuda de otras tribus y en número de 20.000 se lanzaron sobre la aldea, arrojando con sus boleadoras una lluvia de fuego sobre las chozas que no tardaron en ser pasto de las llamas, destruyéndola. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos que ocurrieron desde el día de la fundación.

Los españoles trajeron vacas y toros, y setenta y dos caballos y yeguas. Al llegar los recibieron unos 3.000 querandíes (o ‘Sarandíes’) con sus mujeres y niños, y les llevaron pescados y carne diariamente a pesar de la escasez, pero cuando dejaron de ir a aprovisionarlos un solo día, Mendoza envió para averiguar qué ocurría a un alcalde llamado Pavón; pero el mal comportamiento de éste hizo que los indios lo molieran a palos junto a 2 soldados que lo acompañaban.

El hermano del Adelantado, don Diego, fue enviado con un contingente de soldados para tomar represalias; esto ocurre el 15 de junio de 1536, originándose un combate en el que las boleadoras, enredándose en las patas de los caballos, tornaban inútil la caballería de los españoles que ¡hecho inaudito! caía derrotada por vez primera a orillas del río Luján, llamado así para perpetuar la memoria de uno de los caídos, Pedro Luján. Don Diego fue muerto de un bolazo, siendo acompañado en su desventurada suerte por Juan Manrique, Galaz de Medrano y otros caballeros entre los que se encontraba también el sobrino del adelantado, Pedro de Benavídez. Contrariamente a los aborregados súbditos de Moctezuma y Atahualpa, los nativos de la pampa demostrarían durante siglos la tenaz resistencia a ser despojados de sus tierras.

Este fue el motivo del comienzo de la guerra, en la cual los indios atacaban y herían y mataban con sus lanzas, y al mismo tiempo incendiaban el caserío con sus boleadoras en cuyos extremos colocaban manojos de paja encendida. La población acosada padecía una terrible hambruna, a tal extremo que se comían ratas, víboras, cualquier alimaña, ¡y hasta roían el cuero de las botas hervidas! Tres españoles robaron un caballo y lo comieron a escondidas, pero cuando se supo fueron juzgados y castigados muriendo en la horca; por la noche otros pobladores cortaron trozos del cuerpo de los ahorcados para comerlos.

 

Mientras tanto el Adelantado esperaba con ansiedad la llegada de víveres desde Brasil, adonde había enviado dos hombres en busca de ayuda; también padecía hambre, pero lo que más lo afectaba eran esos intensos dolores y la alta fiebre que se apoderaba de él, un día sí y otro también; con la corteza de sauce le preparaban infusiones que lo aliviaban bastante, su médico había aprendido esto de los indios apenas arribados a éstas tierras, y suplía bastante bien al ya agotado láudano. Pero la fiebre lo hacía delirar y sufrir alucinaciones; a veces no percibía la realidad, máxime cuando corrían los rumores y se tergiversaban determinados hechos. Se comentaba y llegó a sus oídos que no llegaría la ayuda del Brasil pues Baytos –uno de los soldados enviados- se había comido a su compañero de viaje y mal podía pensar en regresar.

Pero él sabía que no era cierto. Baytos era un poco pendenciero, pero un buen soldado y muy hábil con el cuchillo, habilidad adquirida en su Morón de la Frontera natal; y cuando le pidió que no lo enviara al Brasil pues quería estar al lado de su hermano Paco en la suerte o en la desgracia, accedió a ello, enviando otro en su lugar. Hoy precisamente habían estado en su casa pidiéndole comida ¿pero qué podía darles si sólo tenía un poco de harina podrida, harina con gusanos?; él, que era el Jefe de la expedición, también pasaba hambre como todos.

Y se sucedían las historias protagonizadas por el hambre, como la de aquel poblador que se comió parte de un muerto sin saber que era su hermano. O “la Maldonada”, que huyó hacia donde estaban los indios para poder alimentarse; no encontrándolos se refugió en una cueva donde se encontraba una leona a punto de parir ayudándola, y posteriormente se alimentaba a diario con la carne que traía la leona para sus cachorros.

 

Una mujer llamada Ana ofrecía su cuerpo por un bocado de comida; era joven y bella pero nadie le hacía caso. Finalmente un marinero le ofreció una cabeza de pescado, pero una vez obtenido el premio no quiso cumplir su promesa. Viéndose burlado acude al capitán Juan Ruiz, el cual la juzga y obliga a cumplir lo que había prometido.

Isabel de Guevara le escribiría a la reina de España 20 años después: “Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban a las pobres mujeres, así en lavarles las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, a limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas y sargentear y poner en orden a los soldados. Porque en este tiempo –como las mujeres nos sustentamos con poca comida- no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres”.

Y la gente gemía, todo Buenos Aires era un lamento, gemían los heridos por las lanzas de los indios, gemían por el hambre atroz, gemía el Adelantado por su enfermedad que lo mantenía postrado y lo obligó a ceder el mando a Ayolas, que remontó el Paraná en busca de comida y fundó Corpus Christi adonde luego se dirigió Don Pedro de Mendoza, pero la “malatía francesa” (sífilis) que lo aquejaba le hizo regresar para emprender el viaje de vuelta a España. El Primer Adelantado en el Río de la Plata agonizaba en alta mar. Soñaba y deliraba. Soñaba que, por un día, había sido Rey de Roma; soñaba con las numerosas indias que se habían amancebado con él y le habían transmitido la terrible enfermedad (¿cuál de ellas?, ¿cuántas de ellas?); ¿o habían sido las putas de los ruidosos burdeles de Roma las que pudrieron sus carnes?; deliraba y soñaba con haber fundado lo que creía sería la mayor y más importante ciudad de América del Sur, sin saber que esa ciudad fundada por él estaba condenada a desaparecer por el hambre y el hostigamiento de los indios.

Los oficiales y soldados que lo acompañaban en su viaje de regreso a España trataban de consolarlo y animarlo ¿cuánto más podría vivir el aventurero afortunado-desafortunado, olvidado ya de la mano de Dios?. ¿Cuántas piedras-imanes harían falta para terminar de enloquecer la brújula de sus sentidos? Finalmente tuvo un momento de lucidez, el suficiente para dictar en su testamento su voluntad de enviar de su peculio, pertrechos y hombres a esa ciudad que tanto amaba y tan cruel resultó con él. Fue su último deseo antes de morir a mitad de camino de regreso a su tierra; deseo que posteriormente sería cumplido por Don Alonso Cabrera.

En Buenos Aires continúa la desesperación por la terrible hambruna y la muerte se presenta en el rostro y los ojos consumidos, y a los niños que mueren sollozando las madres sólo pueden responderles con gemidos de dolor y hambre, a pesar que el 13 de junio de 1538 se había levantado la primera cosecha de maíz sembrado por manos de huincas en las eras pampásicas. De los 2.500 contabilizados al fundar el puerto sólo quedaban 200, lo que obligó a Juan de Ayolas luego de celebrar consejo con Domingo Martínez de Irala, y con Alonso Cabrera (que había llegado de España con víveres y 200 hombres más) a ordenar la despoblación de Buenos Aires un 20 de junio de 1541, remontando río arriba con ocho bergantines y cuatrocientos hombres rumbo a Asunción.

 

por César José Tamborini Duca

 

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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