Aguafuertes hispano-argentinas

La Catrera

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Estas aceras modernas no gozan de mi simpatía. No es que me moleste el hecho de que sean pares o impares. No, lo que me fastidia es el embaldosado bicolor, pues uno no sabe qué paso llevar para no pisar las junturas que separan las baldosas de un color de las de otro. Voy caminando con esa preocupación y al mismo tiempo voy pensando que a mi “tatarachozno” del paleolítico no le afectaría esa circunstancia, a él le preocuparían otras cosas, comer, dormir, mientras caminaba por sinuosas sendas montañosas tratando que las espinas de las rosáceas no arañaran su desnudo cuerpo. ¿Caminar por dónde, comer qué cosa, dormir en qué sitio?. (más…)

One Penny Black

El Cartero

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Me sorprendió ver el sello en el sobre. Un hermoso sello postal con un camioncito de juguete impreso, una réplica exacta. Ya casi no vemos esos sellos que nos introducen en la historia de la humanidad, en la geografía, en los monumentos, en las bellezas naturales, en los animales, en las figuras egregias. La tecnificación eliminó ese papelito engomado al que había que pasarle la lengua para pegarlo en el sobre; ahora una máquina expende una tirita autoadhesiva ¡adiós la belleza!. (más…)

cuando un gaucho se divierte

Cuando un gaucho se divierte

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Lo que diferencia a esta Aguafuerte es su verosimilitud, un hecho real ocurrido en mi pueblo pampeano (Lonquimay), allá por los años del primer lustro de la década del ’50. Obviamente del siglo pasado. Personajes reales, sin que signifique que todos ellos estuvieran en el lugar cuando ocurrió lo que pasaré a relatar.

Acompañaba a mi tío César, como solía ocurrir los sábados después del almuerzo, al bar de los hermanos Alonso, Oscar y Arturo (de origen Leonés). Cruzamos la ancha calle de arena, firme y con algunos charcos de agua pues había llovido la noche anterior, y alcancé a escuchar cuando Arturo decía “ahí viene Sextón con el sobrino”, fórmula que utilizaba con frecuencia para aludirnos. (más…)

tres nietitos

En el zoológico

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Pocos días atrás acompañé a mis nietitos Mateo, Camila y Juanita, a visitar el zoológico en Palermo. Ya no es lo que era, jirafas y elefante en los que el paso del tiempo hizo estragos, leones amodorrados cuyo aburrimiento les impide rugir o mostrarse amenazadores, cebras de paso cansino en cuyos genes parece incubarse el olvido de sus frenéticas carreras en la sabána africana, ¡si hasta las aves demostraban pasividad y no se escuchaba el sonido característico de su aleteo! Los únicos que demostraban actividad y ensordecían con sus chillidos eran los monos: correteaban de un lado a otro, saltaban, se expulgaban entre ellos; uno se rascaba las zonas pudendas, otros tiraban al suelo cáscaras de banana y de manises. (más…)

Chicos jugando fútbol

La hora del partido

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Era la hora de la siesta y, como todos los días después de almorzar, nos encontrábamos en “el campito” los mismos de siempre, para jugar “al fóbal”. Hoy les tocaba elegir compañeros de equipo al “gringo” Carnicelli y al “negro” Crespo, por lo que éste la espetó al primero ¿pisamos, a ver quién comienza a elegir?

Se ubicaron los dos enfrentados a una distancia entre 2 y 3 metros, distancia que se calculaba a ojo. El gringo plantó su pie izquierdo y el negro hizo lo mismo, luego el gringo colocó su otro pie por delante, con el taco tocando la puntera del anterior y el negro hizo lo propio, y así sucesivamente para ir avanzando al encuentro uno de otro, pero cuando la distancia era menor, según el cálculo que hacía cada uno, en lugar de poner el pie longitudinal, lo ponía de través, ‘de costado’ pero siempre manteniendo el contacto con la puntera del precedente, hasta que llegaba un momento que la distancia era tan corta que el pie del gringo, ahora sí de frente, pisaba la puntera o ‘el costado’ del pie del negro. Hoy había ganado el gringo y comenzaba a elegir él.

El resultado del partido es anecdótico, terminó la hora de la siesta y los ‘viejos’ nos llamaban para hacer los deberes y luego merendar.

Sombras en el camino

Diálogo entre sombras

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Un  sombra y una sombra iban conversando mientras caminaban por el “Camino del Cuero”, el famoso camino pampa que llevaba a las tolderías Rankulche. ¿O sería en el “Camino de Santiago”?. Difícil saberlo, porque el cuaderno donde constaba el título estaba escrito con materia obscura; afortunadamente conservamos el diálogo en materia clara, que detallamos a continuación: (más…)

En el hospital

El hospital

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Embrocando mi catrera que me acoge mansamente, voy junando mi pasado de lujuria y de placer

…recordando aquellas noches de garufa, y esos turbios amaneceres en algún tugurio, entre minas perdularias, y malandrines y cafañas adictos al “pernaud” y el escolazo. O los atardeceres palermitanos retornando a pie por la avenida de Las Palmeras cuando el estrepitoso fracaso de “la fija” me dejaba hasta sin las 20 guitas necesarias para el “bondi” (estoy bien en la palmera).

Las bacanales entre mate, truco o siete y medio, los porrones de giñebra y caña; tango canyengue en el corralón de la esquina donde el rengo Acosta “acostó” de un talerazo al negro Benavídez bajo la luz mimosa de un farolito mistongo. Por cuestión de una percalera, dicen.
Las noches de bohemia entre el humo de los cigarrillos, el bordoneo de alguna guitarra y la prosa arrabalera del cantor del ‘rioba’, y que a la llegada de las papusas milongueras de “rompe y raja” se convertía en un desenfreno de lujuria y lascivia.

En el metro

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Flickr sdMe sorprendí cuando comprobé que el que viajaba en el metro era Roberto Arlt. Iba parado a mi lado y alcancé a observar que escribía una crónica para sus “Aguafuertes Porteñas” de “Crítica”, diario ya desaparecido como él mismo. Pero esta circunstancia no debe asombrar pues suele ser bastante habitual que a personas ya muertas, un día se les ocurra regresar a su humanidad, sólo es cuestión de la capacidad de cada uno el percibirlo.
Observando sobre su hombro leí que describía el comportamiento de un joven que  -también de eso fui testigo-  se le adelantaba bruscamente al subir al subte para ganarle el único asiento libre. El relato continuaba así:
“Tenía razón el muchacho en su apuro, no podía ni debía perder tiempo. Se despatarró al sentarse, sacó todo su arsenal parafernálico de instrumentos de una pequeña mochila, juntó sus muslos y rodillas, separó la planta de los pies, y en esa ridícula posición sostenía la mochila sobre sus rodillas para que no se cayera. Entre tanto iba dando rienda suelta a su ingenio o intelecto, como quieran llamarlo. Desenrolló un largo cable conectado por un extremo a un diminuto aparato y por el otro dos pequeños adminículos que colocó dentro de sus oídos. (más…)
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