El hospital

Embrocando mi catrera que me acoge mansamente, voy junando mi pasado de lujuria y de placer

…recordando aquellas noches de garufa, y esos turbios amaneceres en algún tugurio, entre minas perdularias, y malandrines y cafañas adictos al “pernaud” y el escolazo. O los atardeceres palermitanos retornando a pie por la avenida de Las Palmeras cuando el estrepitoso fracaso de “la fija” me dejaba hasta sin las 20 guitas necesarias para el “bondi” (estoy bien en la palmera).

Las bacanales entre mate, truco o siete y medio, los porrones de giñebra y caña; tango canyengue en el corralón de la esquina donde el rengo Acosta “acostó” de un talerazo al negro Benavídez bajo la luz mimosa de un farolito mistongo. Por cuestión de una percalera, dicen.
Las noches de bohemia entre el humo de los cigarrillos, el bordoneo de alguna guitarra y la prosa arrabalera del cantor del ‘rioba’, y que a la llegada de las papusas milongueras de “rompe y raja” se convertía en un desenfreno de lujuria y lascivia.
Todo eso y mucho más le estoy debiendo a la vida, que ahora se lo cobra con intereses. Sabía que tarde o temprano esto iba a suceder, de modo que no me sorprendió. Al día siguiente de llegar del pago comencé a sentirme mal, Mal, MAL, cada día peor, hasta que Patricia me conminó para ir al hospital. Aunque en contra de mi voluntad accedí; cuando llegué me impidieron salir, me tuvieron secuestrado varios días (Pneumonía, dijeron) y me aplicaron todo tipo de tormentos: analíticas un día sí y otro también, 2 o 3 radiografías de tórax, pinchazo en la vena para inyectarme por goteo vaya-saber-qué-cosa; ecografía de abdomen (¿pensarían que estaba embarazado?), electrocardiograma, un TAC de tórax, comida de hospital. (En mi delirio soñaba que ella se  acercaba y depositaba un beso en mis labios, y entonces sonreía; escuchaba voces lejanas que decían “va mejor, se ríe en sueños”).
A pesar de estar en un Hospital 5 bisturíes, estaba planificando la fuga cuando…  comprendiendo que de mí nada obtendrían, decidieron echarme;  estoy en casa recuperándome.
Ahora viejito, tranquilidad, nada de desarreglos. Adiós al pucho, la sopa a horario y nada de tintorro (dale al agua que no engorda); del “güisqui”, ni el nombre. A la catrera tempranito y sin esfuerzos;… y como diría el tano, “porca vida ésta”.
Y así terminó la historia de un bacán encurdelado, con la “solución fisiológica” goteando en su brazo para diluir el tinto que lo mantenía embroncado con la vida. ¡Salute!

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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