El Cartero

Me sorprendió ver el sello en el sobre. Un hermoso sello postal con un camioncito de juguete impreso, una réplica exacta. Ya casi no vemos esos sellos que nos introducen en la historia de la humanidad, en la geografía, en los monumentos, en las bellezas naturales, en los animales, en las figuras egregias. La tecnificación eliminó ese papelito engomado al que había que pasarle la lengua para pegarlo en el sobre; ahora una máquina expende una tirita autoadhesiva ¡adiós la belleza!.

¿Cuándo nacieron los sellos? En España ello ocurrió el 1º de enero de 1850, al emitirse un sello con la efigie de la reina Isabel II. En Argentina el primer sello lo emitió la provincia de Corrientes en el año 1856, en una tosca imitación del primer sello emitido en Francia: representa a la diosa Ceres y su valor era de 1 centavo.

Pero el sello primigenio ¡cuándo no los ingleses y su espíritu comercial! se debió a la imaginación de Sir Rowland Hill y data de 1840: el “one penny black” con la efigie de la reina Victoria. Tuvo su origen en la idea de efectuar el prepago de un servicio que prestaba el correo y que en ocasiones se veía impotente para cobrar cuando llegaba a su destino. Sucedió que este señor vió cuando un cartero entregó a una joven una carta de su novio y ésta, después de examinar atentamente el sobre, no quiso recibirlo, por lo cual estaba eximida de pagar el canon postal correspondiente.

Rowland Hill se ofreció a pagar el canon por ella, pero la joven lo rechazó. Sorprendido buscó y encontró la explicación: el sobre no contenía nada, y en él estaba escrito el mensaje con signos codificados que ella podía descifrar evitando así pagar el servicio. Después descubriría que este ardid era una práctica muy frecuente, y lo decidió a efectuar la reforma para que no resultaran perjudicados los derechos de la administración postal.

Pues bien, dado que ahora y como entonces suele suceder lo mismo, pero a la inversa, es decir que uno paga por un servicio que a veces no se cumple, e inclusive en ocasiones paga aún más para que le entreguen un recibo con el que reclamar esa desidia, pero que en ningún caso un acto indemnizatorio compensará la pérdida de esa carta cargada de afectos más que de efectos, ¿no sería de justicia que la administración velara por los derechos de los ciudadanos, obligando a las oficinas postales a efectuar el cobro en destino (como se hizo en un principio), es decir cuando efectivamente se prestó el servicio?

Tal vez tenía razón el multimillonario Robert Peel (miembro de la Cámara de los Comunes antes de llegar a Primer Ministro) al oponerse tenazmente a la propuesta de Sir Rowland. Porque el cartero ya no llama dos veces para entregar la correspondencia y aún más, perdió ese afecto con el que anunciaba familiarmente: carta de Italia, de la tía Lucía.

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies