Anécdotas de tiempos viejos: Un inspector de tranvías; el punguista

Tranvía antiguo
Tranvía antiguo

El inspector de tranvías nunca vistió con el inmaculado uniforme de un dentista, el suyo era más bien gris y desprendía un aura de autoridad a la que no se podía ofrecer resistencia. Veamos lo que dice un porteño de pura cepa sobre el susodicho inspector y por qué lo relaciona con los dentistas.

UN INSPECTOR DE TRANVIAS

“En cuanto suben al tranvía los señores inspectores de boletos –están como al acecho, envueltos en alguna esquina del trayecto- me pongo extraordinariamente nervioso. Estos empleados nocturnos son mil veces más inquietantes que los de las horas claras del día. Están más irritados, más agrios, más displicentes. Se diría que han tenido que dejar sus camas profundas, sus sueños pingües, para venir a revisar únicamente mi pobre boleto, mi boleto lunar de trasnochador empedernido…

Se plantan delante de uno y echan mano al bolsillo posterior del pantalón como si fueran a extraer un revólver. Pero sólo sacan una pinza brillante, de dentista, que blanden impacientes en el aire como si se dispusieran a abatirnos la dentadura. Parece que no sólo vinieran a examinarme el boleto, sino también a pedirme cuenta de mis horas, de mis

Inspector y Mayoral
Inspector y Mayoral

actos, en minucioso examen de conciencia… Hay que tener mucha serenidad para abordar a un inspector impaciente ante la pérdida de un boleto…” (Baldomero Fernández Moreno, “Guía Caprichosa de Buenos Aires”, pág. 90).

Pero no solo Baldomero fue un inquisidor de las rutinarias costumbres de esos personajes desaparecidos durante mucho tiempo y que ahora comienzan a florecer nuevamente, aunque tal vez su aspecto resulte más benévolo. Veamos los que nos dice Borges al respecto:

En el Palermo de fines del siglo XIX o principios del siglo XX, la calle Godoy Cruz la repechaba a los barquinazos el 64 cuyo mayoral,  con la visera ladeada y la corneta  milonguera inducía a la  admiración  del barrio; no así el   inspector –dudador profesional de la rectitud- que era una institución combatida, y no faltó compadre que se enjaretó el boleto en la bragueta, repitiendo con indignación que si lo quería no tenía más que sacarlo. (Borges, Obras Completas, Tomo I, “Palermo de Buenos Aires”, pág. 132 y 133 – Círculo de Lectores, Barcelona, 1992).

EL PUNGUISTA

Punguista
Punguista

Como subir al tranvía, o en su caso al “bondi”, significaba no sólo enfrentarse al susodicho inspector, también exponerse a otra carismática figura del quehacer ciudadano, laburante muchas veces anónimo en el sutil trabajo que le permitiera honrar la olla del puchero familiar con un puñado de garbanzos adquiridos con la “guita” que le proporcionaba la habilidad de sus dedos. Me estoy refiriendo al “punguista”, cuya idiosincrasia relata breve y con contundencia el exquisito escritor popular León Benarós en su libro “Mirador de Buenos Aires, en este fragmento de  “La punga y otras profesiones liberales”:

“De entre el gremio de los biabistas, pistoleros, escruchantes, empalmadores, jiqueros y otras profesiones liberales al margen de los códigos, la decencia y la tranquilidad, se destaca el delicado oficio del punguista. No es fácil la punga. Requiere mano suave y educada. La profesión abarca el escamoteo inadvertido del reloj o bobo, la cartera de cuero, y casi todo lo que se exponga o se oculte en el vestir humano. Se trata de un trabajo a dedo, cuyas alternativas es imposible aprender por correspondencia”.              

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como "Cronopio", es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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