Anécdotas de tiempos viejos. ¡La mala leche!

Pistolón de madera
Pistolón de madera

El tiroteo comenzó a eso de las 15.30 de un jueves caluroso, cuando el pueblo todavía permanecía sesteando. Hubo corridas presurosas hacia uno y otro lado buscando protección.

Ahora, a la distancia nada menos que de 60 años de aquel suceso, la memoria no me permite discernir cuál era el bando de los buenos y cuál el de los malos, sólo recuerdo que en uno estaban el “Cacho” Bell con su cabellera pelirroja; Oscar y Carlos Gómez, descendientes de leoneses; otros dos hermanos, Oscar y Luis Carnicelli, gringos por todos sus poros; y el vasco Pocho Garzarón.

En el otro estábamos el “negro” Crespo, criollo de pura cepa; Jorge Gutierrez leonés también de Casares de Arbas; el gallego Eduardo Riego; mi hermano Robert y yo; y Luisito Garzarón.

Ellos se habían refugiado en una enorme parva de leña de caldén y piquillín y detrás de una pila de ladrillos. Debo aclarar que esta batalla se produjo en el terreno donde se acumulaba la mercadería de un gran Almacén de Ramos Generales.

Nosotros cometimos el error de parapetarnos bajo un tinglado donde las bolsas de cemento y cal acumuladas ahí nos brindaban una eficaz protección, pero estábamos acorralados sin posibilidad de escapar si fuera necesario en las contingencias del combate.

Ellos contaban con carabinas Rémington de gran potencia y largo alcance, aunque en el reducido espacio que nos encontrábamos esto último carecía de importancia. Sólo Carlos Gómez estaba armado con un Colt 38, muy eficaz en esas circunstancias, y Oscar Carnicelli un potente Colt 45.

En nuestro bando Eduardo Riego y mi hermano Robert contaban también con carabinas, “Winchester” aquél, “Rémington” éste; yo contaba con un Smith&Wesson calibre 44, al igual que Jorge Gutiérrez; el “negro” Crespo una escopeta de caño recortado y Luisito Garzarón una ballesta, estrambótica arma peligrosísima en sus manos.

Ballesta
Ballesta

Lo puedo contar porque el proyectil que hizo volar mi sombrero apenas me rozó en la sien, aunque 60 años después persiste la cicatriz; levanté mi mano en dirección al sitio donde vino el disparo, apreté el gatillo y un grito certificó que había hecho blanco.

El “negro” Crespo, sosteniéndose el brazo donde había recibido un impacto de bala, se levantó ágilmente para ocupar otra posición más favorable, sobre una estiba de bolsas de trigo, que estaba a un costado y a mayor altura que los refugios de los enemigos, y desde esa posición dejó fuera de combate al “colorado” Bell.

Luisito Garzarón estaba colocando una nueva flecha en su ballesta, cuando vi que caía a mi lado sosteniéndose el lado

Carabina y charrasca
Carabina y charrasca

izquierdo. La lucha era sangrienta y si continuaba así muy pocos quedaríamos para contarlo;  en ese momento llegaba el sargento “Manso” Blanco de la Policía local –con la charrasca  desenvainada- pero un poco tarde: unos segundos antes se escucharon los gritos:

-Robert, Chiquito, vengan que es hora de tomar la leche (era mi vieja que nos llamaba).

Como también lo era para los demás, fuimos guardando nuestras inofensivas  armas que habíamos confeccionado con maderas varias, en el lugar preestablecido, hasta el próximo combate. ¡Maldita leche! con lo bien que la estábamos pasando.

Cronopio

César José Tamborini Duca, pampeano-bonaerense que también firma como “Cronopio”, es odontólogo de profesión y amante de la lectura y escritura. Esta última circunstancia y su emigración a España hace veinte años, le impulsaron a crear Pampeando y Tangueando y plasmar en él su cariño a la Patria lejana.

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